La activación de las heridas emocionales

Me he dado cuenta de cuán fácil resulta reconocer la pupa en brazo ajeno y no el tajo sangrante en el propio… Parece como que los demás vienen tarados de serie, o un día comieron una seta en mal estado y así les va. Mientras que nosotros… de alta cuna o emérito comportamiento, caminamos cual inmaculados seres. Incluso se ha llegado uno a pensar, que como cambió de dirección en un esquina, ya anda enderezado de por vida…

El caso es que todos tenemos una, dos heridas o tres activadas. Ello no quiere decir que estemos traumados, quiere decir que el ser humano por naturaleza es un ser traumado. Y menos mal… ¿Te imaginas que no fuera casi un automatismo retirar la mano del fuego? ¿Dejar de perseguir a quien huye de nosotros? ¿Callar nuestras intimidades ante quien tiene un altavoz en la mano?

Tras una caída del guindo, o sorpresa desagradable, o despertar de la inocencia, o una necesidad no satisfecha, o descubrimiento de la verdad, se produce un impacto emocional que queda grabado en nosotros. Y es que las experiencias desagradables, negativas o peligrosas son las que con más arraigo se nos graban, pues la naturaleza tiende ante todo a la supervivencia. Y estas situaciones activan nuestro sistema defensivo.

Normalmente estas primeras y grandes experiencias las tenemos desde muy chiquitos, cuando ni siquiera dominamos el lenguaje para darle un significado y cuando todavía no sabemos ni quienes somos ni qué consecuencias tiene saberlo. Así que todo eso se nos graba en el inmenso y confuso inconsciente.

Cuando se nos vuelve a presentar una situación similar, análoga, parecida o forzadamente con ciertas semejanzas, se dispara nuestro aprendizaje automático y sin tiempo para asimilarlo y darle una adecuada respuesta, reaccionamos como ya hicimos para sobrevivir.

A ver… si tan solo nos han excluido de la invitación a un cumple… Pues ahí está nuestro querido inconsciente, alimentado de nuestro sobreprotector, limitante y castrante ego para recordarnos: Te excluyen, serás apartado del clan, te quedarás solo, no podrás alimentarte ni defenderte de las fieras, morirás.

Este implícito pensamiento irracional nos ayudaría muchísimo a buscarnos la vida en caso de catástrofe aérea en tierra estéril, pero en la vida cotidiana… Desarrollamos tan complicado sistema de protección que no nos entiende ni nuestra santa madre.

Como cada uno tuvo un aprendizaje distinto, o bien porque tiene grandes ejemplos a su alrededor (padres, hermanos, abuelos, etc.) o bien porque al final somos animalitos muy similares todos, podríamos simplificar diciendo que existen cinco patrones comunes de comportamiento para reaccionar, por ejemplo, frente a una no invitación de cumple:

Una, la de rechazo. Algo hay mal en mí que no me quieren y por eso no soy ese amigo al que invitan. Bueno, intentaré pasar desapercibido y que nadie se de cuenta de que no me han invitado. Si alguien me pregunta, me haré el loco, o mejor aún, me apunto a otro evento más chulo ese mismo día y así de todas, todas, no iré a ese odioso cumple.

Dos, la de abandono. ¡Madre mía! ¡No he recibido la invitación! ¡Yo! Nadie más me invitará nunca, no tendré amigos jamás. Andaré por los pasillos como alma en pena, me mostraré solitario y taciturno para que se den cuenta de la tremenda crueldad que están cometiendo conmigo. ¿Qué haré sin tener amigos en la vida? No me buscaré otros, estos tendrán que ver lo mal que me siento y al fin me acogerán entre ellos y me invitarán al cumple.

Tres, la de humillación. Qué vergüenza por favor, tan solo han dejado de invitar al tonto y a mí. La verdad, es que igual me lo tengo merecido por no vestir como ellos van o por no hacer lo que ellos hacen, mientras yo estaba ocupado en los detalles para que lo pudieran hacer ellos sin problema. Si yo tan solo disfrutaba mirándolos. Con todo lo que le ayudé en su fiesta del año pasado hinchando los globos, haciendo que se reconciliara con fulano, calculando las cosas que había que poner ¿y así me lo paga? Pues nada, me lo tengo merecido por idiota.

Cuatro, la de traición. ¿Pero este imbécil qué se ha creído? ¿Cómo me va a dejar fuera? Se ha estado haciendo pasar por mi amigo todo este tiempo y no tenía intención de invitarme. Si hoy mismo he hablado con él y se lo ha callado. Tampoco es que fuera muy íntimo amigo mío, pero yo jamás le haría eso a… ¿cómo se llamaba que no me acuerdo? Eso, que yo no le habría hecho eso a ese pedazo de falso, en cuanto lo vea se va a enterar. Y si se entera toda la contornada, mejor.

Cinco, la de injusticia. Me parece fatal, qué desconsiderado. ¿Le habré hecho algo malo? Invita a fulano, que no le invitó y yo que me gasté parte de mi presupuesto de cumple para que él viniera hace tres meses, ahora me lo devuelve con este gesto. Y me da igual la excusa que ponga, eso no se hace. Pero mira, no se va a enterar de mi malestar, no le voy a dar ese gusto. Total, para juntarme con gente así, prefiero no estar invitado.

Y así vemos como un mismo acontecimiento es vivido por cada herida. ¿Pero qué significa vivir las cosas desde una herida? Pues injusticias sentiré, traiciones, humillaciones, abandonos y rechazos constantemente y sin embargo…

Cada herida contiene un conjunto de creencias y patrones de comportamiento que sustentan mi trauma y su consiguiente reacción. De manera que se me activa la herida cuando suelo sufrir desde una perspectiva particular, por ejemplo, desde la traición: o bien porque me digo cosas a mí mismo acerca de lo que yo fallo, engaño o tergiverso y me machaco por ser así; o bien percibo que en la interacción con los demás, así se comportan conmigo, engañándome, traicionando mi confianza o siendo desleales y me afecta; o bien ante el temor de herir a alguien por lo que quiero hacer o decir y despertar en él lo que yo creo que sentiría si fuera yo, traición, y en consecuencia, me siento culpable.

Tendemos a vivir los acontecimientos casi siempre desde una herida y subsidiariamente o puntualmente desde otra. Hay dos muy dolorosas y que suelen anclarse en nuestro inconsciente cuando más pequeño somos: la de rechazo y abandono. Ambas heridas embeben de nuestras más primigenias experiencias con el apego de nuestros progenitores.

Aquí siempre hay que hacer un inciso porque los que son padres enseguida saltan en susceptibilidad: yo no rechacé a mi hijo, no lo dejé y menos nunca tuve pensamiento de abandonarlo, yo no di muestras, yo no me comporté, yo no, yo no… Efectivamente, a veces se infiere de nuestro actuar, o bien porque esperábamos un bebé de diferente sexo, o no teníamos la más mínima intención de concebir en ese momento, o mi trabajo me impidió, o la enfermedad de un hermanito, o mi maternidad supuso alejarme de mi pareja, o tuve una crisis personal en ese momento, o tenía que…

Mil explicaciones y justificaciones que podrían exponer unos padres que no quisieron infringir tal daño en sus hijos. Pero no es lo que hicieran, es cómo eso fue vivido por sus hijos. Es más, ante una misma vida en común, un hijo activa una herida y otro hijo, otra diferente. Y es que al final, cada herida es responsabilidad de quien la padece.

Sobre la de rechazo puedo desarrollar la de injusticia y así, enmascaro la más profunda y la que duele más. Al igual que sobre la de abandono, superpongo la de traición y esta primera subyace en todo para dar solidez al argumentario de la película de Monte Cristo. La de humillación, o bien la desarrollo como herida principal, o la contengo desde otra.

A su vez, es posible que alguna la tenga más controlada y note cómo mi aspecto físico, mis pensamientos y mi conducta se van modelando hacia otra herida. O como, en caprichosa alternancia, y según ámbitos privados o públicos, una herida se salga con la suya y en otros escenarios sea otra…

¿Hasta cuándo? Hasta que la trascendemos. Ello quiere decir que primero hemos de ser conscientes, así que de niños muy poco o más bien nada, podremos hacer para remediar nuestra tendencia a escocer siempre en el mismo sitio, caiga lo que caiga encima.

A medida que vamos creciendo y tomando contacto con nuestros pensamientos y sentimientos, podemos observar el juego que se trae con nosotros el ego. Lo que ocurre es que en estas fases iniciales de la vida, que llegan aproximadamente hasta los cuarenta años (je, je, no te sonrojes cuarentón, estás empezando a enterarte de la vida a esta edad) el ego biológico nos ha ayudado mucho en nuestro desarrollo.

Tanto nos ha ayudado, que le hemos dejado el timón de nuestro barco y así creemos que en modo automático se está fenomenal tomando el sol en la cubierta. Cuando en verdad estamos fregando galeras encerrados sin distinguir el día de la noche.

Y ante este terrorífico panorama de saltar en cuanto nos toquen un consabido botoncito, ¿qué podemos hacer? Domar a nuestro ego. No es que sea sencillo, aunque este no deja de ser una creación nuestra. ¿Podrá el escritor tomar las riendas de sus personajes? Ummmm… apasionante tema para una próxima entrega.

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. El ego ese, aunque sólo tiene tres letras, parece que tiene muchos dientes. Y afilados. Ojo a la bestia.

    Por cierto, como cierra el G+, me mudo con los trastos a:

    https://imagoestinaqua.blogspot.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.