El rechazado

Terrible, es de los sentimientos más aterradores, más duros, más devastadores… Sentirse rechazado.

Cuando nos dicen: tú no. Así como tú, no. No me sirves, no me vales. No me gustas. No te escojo. No te quiero. No te soporto. No me agradas. No me quedo contigo. No te amo…

La verdad es que pocas cosas se me ocurren tan desgarradoras de aceptar. El ser humano está preparado para compartir, vivir en comunidad, pertenecer, estar integrado, ser aceptado. No es que no tengas algo que no quiera, no es que hagas algo que no me guste, es que no me gusta tu ser. No te acepto como eres. Tú, no…

Quien haya sentido el rechazo sabe de qué hablo. Y a veces, no es que nos rechacen, es que cualquier acto nos trae ese sentimiento, porque así lo filtramos desde esa herida emocional. Hondo, profundo, lacerante, amargo, insoportable… No puedo ser. No soy. Mi ser no.

Ciertamente no encuentro sentimiento más doloroso que entender así el rechazo. Haga lo que haga, tenga lo que tenga, me comporte como me comporte, nada será aprobado porque mi ser no es válido.

Mi cuerpo será estrecho, de complexión pequeña, baja, delgada, frágil. Mis muñecas y tobillos serán finos. Mi piel recubrirá mi carne escasamente. No engordaré con facilidad porque la comida será un medio de subsistencia y no la primigenia forma de nutrir mi cuerpo, mi ser. Y si tendiera a engordar, me privaré, me abstendré, me limitaré. No soportaría en mí la gordura que suelo reprobar en otros.

Mis ojos serán pequeños y agudos, y en ciertas ocasiones como si llevara un antifaz alrededor, en forma de ojeras o de protección de mi cada vez diminuta y rasgada mirada. Soy aquel en quien no te fijas en una fiesta, pasando desapercibido en la mayoría de actos grupales.

A veces me enfermo no reteniendo los alimentos, o sufro de alergias y problemas respiratorios. Cuando se me mezclan odios y resentimientos puedo padecer depresiones y en casos extremos de necesidad de huida, me valgo de desmayos o desvanecimientos.

Casualmente me gustará vestir de negro, no alzar mi voz, andar silencioso ante conflictos y enfrentamientos. Antes de que me rechaces, ya me he ido yo. Por si acaso se te ocurre decirme que no, ya me he quitado yo de en medio. Total, si yo mismo no me considero gran cosa ¿para qué me voy a ilusionar? Se darán cuenta de que yo no, tarde o temprano.

¡Qué trago tan amargo! Me anulo y así evito el dolor de ver en tus ojos el rechazo. No podría soportar otro “tú no”. Me aparto antes de que llegue ese hipotético momento. ¿Qué tengo que hace que no sea válido? ¿Qué hace que no me apruebes? Ponme un SÍ, con mayúsculas, con amor, con ternura, con paciencia, con alegría, con seguridad, con confianza y yo…

Me quedaría una eternidad en tu regazo. Mas no puedo hacerlo, me aterra que yo recline mi cabeza y apartes tu hombro. Me mires con desaprobación, me estudies con frialdad, me exijas lo que no sé si puedo dar. No podría soportar otro tu darte la vuelta, tu ignorar, tu desprecio, tu silencio, tu desamor.

A veces me siento indigno, no merecedor, inferior, sustituible, un fraude… Y si no te das cuenta, haré cosas para confirmar que así sea. Me portaré mal, te decepcionaré, te pondré complicadas pruebas de paciencia y fe, te ignoraré, me burlaré, te llevaré a tu límite, te subestimaré, te bloquearé, te despreciaré, te retiraré mi atención, te trataré tal como temo que lo hagas conmigo y así no tendrás más remedio que rechazarme. Reforzando aún más mi idea de que me rechazas porque no sirvo, no valgo, no me lo merezco.

Sin querer, caemos en la trampa de nuestros programas inconscientes, de nuestro ego, que no tiene como misión que seamos felices, sino que sobrevivamos. ¿Malamente? ¡Qué más le da! Sobrevivimos de la única manera que ha aprendido a hacerlo desde la infancia, desde unos patrones familiares heredados o desde las primeras experiencias que dejaron hondas improntas.

Me regiré por todo ese conjunto de creencias y conductas que acompañan al dolor del rechazado: ESCAPAR. Huir de las circunstancias donde me pueda sentir prisionero y acorralado. Ese horrible lugar que si me pone contra las cuerdas de mis mimbres, me entra tal pánico que desborda aún más mi pánico.

Consecuentemente mi estrategia de huida me obliga a no permanecer en conversaciones incómodas o lentos procesos. Me pone alas ante circunstancias que tendría que enfrentar. Me impulsa a no comprometerme emocionalmente con personas. ¿Cómo podrían amar esto que no vale, no sirve y no se merece?

Y sin embargo… quedaría atrapado por aquellas personas que me cobijan sin condiciones, que están ahí pese a que yo vaya, entre, salga o mire hacia otro lado. Cual mariposa de luz escarmentada, ando tras fijas luciérnagas que no queman, mas sin acercarme.

No todo será negativo, encontraré también pequeños beneficios. Si he de huir y no siempre puedo física o corporalmente, inventaré un lugar en mi mente donde evadirme. Rozaré el peligro de ir de la creatividad a la adicción y de ahí a la obsesión… Me aislaré y sabré estarme solito. Quizá no sea la mejor opción, incluso si no es elegida, incluso si deseo compartir aquello bueno que hay en mí. Pero no correré ese riesgo. Correré, pero no el riesgo.

Y en ese pasar por la vida de puntillas, sin permanecer, sin mojarme en lo profundo, sin agarrar lo que me merezco, sin disfrutar el momento, sin dar lo valioso que hay en mí, la vida pasará…

Hasta que integre que la crítica es a mi hacer, no a mi ser. Hasta que comprenda que puedo equivocarme y no soy un inútil. Hasta que aprenda a poner límites para que no llegue la invasión. Hasta que me rechacen y pueda seguir conservándome en mí. Hasta que me decida por mí como mi mejor persona. Hasta que sienta que mis pies también sirven para apoyarme sobre el cálido suelo. Y bailar.

Puedo ser libre y en libertad decidir quedarme o marchar y no siempre huir, pues allá a donde esté o vaya, siempre seré yo, valioso, capaz, digno, merecedor.

PD: Esta descripción genérica de la herida emocional del rechazo, se incluirá dentro de una serie que expondrá las restantes.

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