Los Reyes Magos existen

Hubo un tiempo en que las sorpresas eran sorpresas. Guardo memoria de algún juguete especial que eclipsaba al resto del universo, de alguna mañana a los pies de la cama de mis padres abriendo paquetes con mi hermana mayor llenas de felicidad y emoción, de alguna noche de hondo temor por si me despertaban esos desconocidos para hablarme o llevarme para ser regalo de otra familia. No sé, cosas de niña miedosa que nunca pudo dar un beso en esas barbas… ni acercarse a un tipejo de cara pintada… Pero que lo más básico y preciado de la vida se estaba cumpliendo.

Reconozco que los disfraces y los misterios no me dan buen rollo. Así que lo de la carta a los Reyes (Papa Noel era para mi infancia una excentricidad más de los americanos para amenizar las películas) era un trámite amargo que había que pasar. Por aquellos entonces me hacían redactarla, no valía con lo que tuvieras en mente. ¡Pero si eran mágicos! Pues no, ahí estaba mi estricta y sabia madre para corregirme las faltas de ortografía que cometía. No había catálogos ni internet. Tan solo recuerdo una visita a una tienda de juguetes un año donde con todo el dolor de mi corazón mis ojos lo querían todo y salía con las manos vacías.

¿Un juguete? ¿Hay que elegir entre esa muñeca que sabe hacer más cosas que yo o la máquina registradora que tiene pinta de durar dos semanas pero me fascina solo contemplarla? ¿Y qué hacemos con el puesto de tendera? ¿Y los vestidos de la Nancy? Ya ni siquiera me atrevía a pedir la casa de los barriguitas, una fantástica granja con caballos o el fuerte de los Clicks… Eran tiempos de entrenamiento en la frustración. Y conociéndome, cuánto lo agradezco ahora.

Sin embargo, el día que más vívido recuerdo tengo era el año de transición. Me lo habían contado ya, pero… Había pedido una bici. ¡Una bici para mí! No una heredada, no una prestada, no una usada y reciclada. Era un bici nueva para mí. Mis padres no me preguntaban para despejar la duda y mi hermana me llevaba los suficientes años como para compadecer a una recién descreída y no cebarse en mi caída a la realidad. Abrimos los regalos de relleno, que llamábamos: el pijama necesario, los rotuladores de reemplazo y los juguetes que mi padre colaba porque no tenía chicos y así nos educaba en igualdad.

Y la bici no estaba… Miré por todos lados, me fui al salón, a la cocina, al baño… Casi desespero en que debía conformarme hasta que llegara mi cumple, pero la cara de mis padres reflejaba que esperaban ver la mía iluminada y las pistolas de foguines y las botas katiuskas no prendían la mecha del entusiasmo. Tan bien representaron su papel, que volvió cada uno a lo suyo, y tan bien escondieron la bici, que al final me rendí.

Sin embargo, en el fondo y si escuchaba bien, algo me decía que no abandonara. Puse todos mis sentidos de observación y método de registro paso por paso, y ahí estaba, reluciente esperándome tras una cortina. Fue un momento en solitario. Reconozco que tuvo mucho sabor, significado y consuelo esa demora en la recompensa pasando por los diversos estados emocionales. El ansia, el desconcierto, la duda, la esperanza, la impaciencia, la rabia, la resignación, la negación, la ilusión, la sorpresa y la gratitud…

Después vinieron otras Navidades, y otras, y otras. Y llegaron mis hijos y la magia estaba en mi lado pero nunca del otro. Y me despreocupé de mi carta de deseos. Hasta que un año desperté y supe que quería uno. Ya no son cosas, ni experiencias, ni viajes… Sé que necesito magia para que se cumpla. No me importa la fecha exacta, ni la forma. Varios años lo pido. Varios años no termina de venir. Así que una deja de creer en la magia…

El otro día me fui a un acto social y de trabajo y donde menos te imaginas, te dicen que escribas un deseo para el 2019 y que lo lances junto con el resto de personas y que cojas el deseo de otro y que algunos se leerán en voz alta. Me puse a escribirlo y… ¡eso era! ¡No lo pedía por escrito! Me esmeré en su ortografía, recordando con ternura a mi madre y como era muy cortita la petición, supongo que habré sabido hacerlo yo sola y bien.

Y mientras lo escribía, le daba la forma de avión y aliento para que volara alto, alto… me sorprendí.

Algo me dijo que no abandonara, que no lo había hecho y que hacía bien en perseguirlo. Que solo los deseos no mantenidos son los que seguro no se cumplen. Y de entre un montón que cayeron en el silencio, escuché el mío. Alguien desconocido lo estaba leyendo en voz alta justo en el momento en que tenía que ser leído. Noté como el corazón me latía con fuerza. Y con esa energía creada rescaté del suelo el de otra persona que curiosamente reflejaba una petición de ayuda y me lo guardé para custodiárselo.

Cuando ya me marchaba del acto vi mi avión encima de una mesa y a la persona que le había tocado. Lo tomé y le dije:

—Es mío. Me gustaría llevármelo ¿puedo?

—Sí, claro. Es precioso. Pensaba ponerlo a buen recaudo.

—Gracias, pero me gustaría conservarlo, no quiero perderlo ni esta ni otra vez.

—Que se te cumpla— me dijo con una sonrisa de complicidad.

Era una mujer, rubia, sin barba, y sin disfraz. No reflejaba vejez ni infinita sabiduría. Tampoco atesoraba tradición ni mostraba obligación por el encargo recibido. No esperaba explicación de mi cambio de parecer y de mi reclamación. Ella era el medio por el que me vi reflejada en cómo persigo y cuido mis sueños: mantengo la confianza, pero no los brazos cruzados.

En una caja al pie de mi árbol se encuentra mi deseo, aplazado pero vivo; el de un anónimo que me comprometo a materializar con mi quehacer diario para contribuir a que se le cumpla; y una sonrisa con propósito y esperanza que sella mi reconciliación con la Navidad.

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Queridos Reyes Magos:
    Resultando que hacéis un viaje de ida cargados y luego volvéis de vacío. Resultando que ya me habéis traído muchos regalos, más de los que merezco. Resultando que cuanto menos bulto más claridad. Y resultando, en fin, que donde las dan las toman:
    Ruego a Vuestras Majestades que se lleven lo que molesta, lo que perjudica y lo que sobra y, en particular, la ignorancia, la estupidez, la maldad, la desidia, la mentira, la tontería, los trastos inútiles, los malos ruidos, los malos humos y la mala leche. Es gracia que espero alcanzar de la justicia y bondad de Vuestras Majestades, a quienes guarde el Altísimo para siempre.

  2. Laura Segovia

    Por favor, que lo hagan ya… En particular la falta de calor, con todo lo que esa palabra implica.

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