La culpa fue de la efectuación

No llegaré a cocinar bien jamás. Eso no quita que tenga dos o tres platos estrellas, con ellos casi rozo el mundo de la consagración culinaria: ni mi suegra ni el mejor restaurante de mi contornada… y lo avalan los demás. No es que me apasione hacerlos, la verdad, los tengo ya muy trillados, pero así me escapo de que me encasillen como la que lleva el aperitivo en bandejas preparadas. Ahora, al resto de platos, platillos, postres y menús, me gana cualquiera. No entendía entonces por qué en el día a día, incluso en algo en lo que pongo empeño, no hay manera. Ahora lo sé: mi tendencia a la efectuación.

Efectuación es eso de “Si la vida te da limones,  haz limonada”. (La primera vez se lo escuché a José M. García) Pues sigamos hablando de cocina…

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Lo de mis bizcochos, suflés, arroces, mejor ni te acerques. De hecho, en mi casa una de las pruebas irrefutables de que me quieres o me temes es que tras el primer bocado haya un segundo. No falla, si lo haces y encima continúas es que me adoras o soy tu peor pesadilla. Y que conste que a mí no me ofende, yo soy la primera en sacar las pizzas congeladas y listo. ¿Por qué unos platos sí y otros no hay manera? ¿Por qué si no tengo vicios fijos de esos de quemar, salar o triturar en exceso? No lo entiendo, incluso tras mucha insistencia, no me llega el éxito cuando me marco un plato fijo.

—No lo haces con cariño —me llegó a decir una amiga. Venga, que eso no, que estuve atenta, le puse dedicación y mimo, me abstraje hasta de mirar el móvil, de cambiar la playlist puesta, e incluso no me rellené la copa de vino que me acompañaba. Estaba concentrada haciendo eso y no otra cosa, pensando en su resultado, en gustar al comensal y entregada al acto. Así que ese reproche no me sirve, y además me suena al que me dice mi hijo cuando le plantifico las verduras delante y se intenta escapar con lo que cree que más me duele.

La respuesta la tuve cuando alguien me preguntó sencillamente que cómo lo hacía y cuando me pongo a relatarlo me asaltan con… ¿la rece… qué? ¿receta? ¿medidas? ¿ingredientes exactos? ¿tiempos de cocción? ¿Pero esto qué es, un examen de Máster Chef? Si nunca me he leído un manual de instrucciones, ni el de la tirita de los cartuchos de recambio de la tinta de la impresora ¿me voy a leer todo eso que ponen al lado de la foto tan suculenta?

Me parece aburrido, lógico y razonable, así que no, yo soy más de abrir el frigo o la despensa y con lo que me encuentro voy haciendo. No tiene gracia que quieras hacer pollo al chilindrón, que ya lo habrán hecho cientos de miles de personas antes que tú y súper bueno, que dispongas de todo lo necesario y lo guises en su punto. Hombre, para comer bien, parece que es lo aconsejable, pero yo hablaba de divertirme cocinando.

—¿No dijiste que ibas a hacer huevos al plato? Aquí no hay huevo —me interrogan mis comensales mirando las fuentes individuales de barro cocido con diversos colores.

—No hay huevo, no hay huevo… un detalle… Es que no quedaba, he puesto otras cosas.

—No son huevos al plato.

—Lo parecen y no lo son. ¿No es fantástico? —suele ser mi vía de escape previo a un consiguiente: “No lo haces con cariño”, “La próxima le pones huevo”, “Curioso, está bueno, vuelve a hacer… huevos al plato sin huevo”.

Este diálogo suele repetirse bastante en mi casa. Pero es que me viene así, es una efectuación un poco sui generis la que hago, lo reconozco. Tengo más o menos en mente cocinar algo y con los alimentos de los que dispongo, me lanzo. Me resulta un reto, improviso, experimento, me cabreo, disfruto…

Todo ello para decir que en cocina (léase en los negocios, en medicina, en arquitectura, en banca…) si pretendes realizar determinados platos (léase conseguir determinados resultados) has de seguir las proporciones adecuadas y los ingredientes exactos (léase contar con los recursos económicos, técnicos, humanos…) y si no, el bizcocho se queda duro, el suflé no sube o la paella se engacha. O puedes ligar y asar con lo que pillas del armario y cambiar tu objetivo (léase aprovechar el contexto para hacer lo que puedas). Que también tiene su ventaja: no pasamos hambre, descubrimos platos nuevos, entrenamos paladar, acabamos el stock, detenemos fechas de caducidad, ajustamos economía y perfeccionamos la caligrafía apuntando en la lista de la compra para la próxima…

En esto consiste la efectuación, con los recursos de que dispones haces lo que puedas. Es lo contrario de lo que nos suelen indicar los defensores de la planificación: primero fija un objetivo y luego mira lo que tienes y lo que necesitas. Son dos enfoques muy diferentes.

Si bien parece que para tiempos de crisis, de escasez o de urgencia, el método de la efectuación te saca de situaciones de parálisis, descartarlo a priori en situaciones de abundancia o crecimiento impide precisamente la innovación. Cuando las cosas marchan, estupendo, tendemos a persistir en aquello que hemos analizado que funciona y empujamos más tímidamente para así no arriesgar en exceso. Es lo que se dice “lo bueno es enemigo de lo mejor”, ya que si algo funciona ¿para qué tocarlo?

Así que ya sabes, si quieres apostar a lo seguro, sigue receta. Si quieres cocinar con los ingredientes que tienes, efectúa*

*Consejo: ten pizzas en el congelador marca “Plan B”

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Hola Laura! jaja muy bueno. La idea de efectuar es compatible con planificar, solo que cada una se aplica en un momento…desde que la uso para cocinar mi creatividad ha aumentado 😉 Leyendo el post acabo de ver que quizás le has sacado otra utilidad…no pensar en lo que no se tiene y vivir en el presente, disfrutando de cada instante, tenga el plato huevo o no 😉

  2. Laura Segovia

    Muy buena aportación Jose Manuel, la planificación existe, pero se aplica en otra fase!!
    Y sí, esto de vivir el presente con tus propias circunstancias, hace volar la imaginación.
    Saludos!!!

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