El valor del encuentro

Tanto tiempo sin dejarme caer por aquí… Y es que, simplemente, no me sentía con ganas de relacionarme desde las redes. No me gusta, no me atrae, no me aporta, no me satisface. Esa es la palabra, no me satisface relacionarme con la gente tecleando palabras que parece que me las diga a mí misma y que no me transmite del todo lo que mi interlocutor piensa, siente y expresa. No le escucho…

Soy de las que necesita mirar a los ojos, detectar inflexiones en tonos de voz, percibir gestos y sintonizar en un mismo plató. Preciso de esa energía que se crea en un instante con alguien gracias a un encuentro.

Ya sé, ya sé… ruego se abstengan la mayoría de avergonzados, acomplejados y asociales que están de enhorabuena por esconderse tras pantallitas. Me quedo con los valientes que se muestran, que vencen sus timideces y se enfrentan al gran reto de que los demás escudriñemos, tras pestañas y ropajes, su verdadero ser. Ni para el trabajo, ni para reuniones, ni para formaciones, ni aprendizajes, ni diversiones. Donde esté la presencialidad, que se quite lo demás.

Que sííí… que existen alternativas y sustitutos. Que al menos disponemos de tecnología que permite… zzz… zzz… ¿Ya has terminado? ¿Ya puedo despertarme? Qué sopor me producen las conversaciones eco… Es como seguir el hilo de los titulares de la Agencia EFE que terminan en un TEM. Tras tres días, da igual si te perdiste por en medio, ellos a lo suyo siguen royendo hueso.

Y entonces, las redes se abigarran de artículos que proclaman cómo será el mundo que viene. ¡Nada de hoteles de trabajo! ¡Se acabaron las reuniones presenciales! ¡La formación será toda on line! ¡Ligaremos por catálogo! Compraremos sin probar, ni tocar, ni catar. Pero vamos a ver… ¿Qué sabrán del futuro mis contemporáneos?

Podemos intuir tendencias, pero más prueba de que la vida es incierta e impredecible, no gracias, el que no lo tenía claro, que se pida experimentar en otro planeta. Y si podemos intuir ciertas tendencias es porque la humanidad tiene la capacidad de cocrear el mundo de manera intencionada, pero no está bajo su control.

Así que no sé cómo será… Me preparo para los no planes. ¿Incongruente? Pues no. Cada día me esfuerzo por fluir con mi entorno. Intervengo en lo que puedo influir, pero me dejo llevar confiada en que, venga lo que venga, estoy preparada para vivirme. Y si no fuera así, pues pasaré pantalla. Cero dramas.

¿El trabajo? Viene y va como el dinero, que tiene dueños con manos llenas de agujeros. ¿El amor? El que uno mismo se da, se permite y se cree merecer. ¿La amistad? Férrea pese a barreras, imposibilidades y distancias. ¿Los placeres? Una nube en el horizonte. Un paseo contigo. Un café bonito. Una grapadora que funciona. Una tarde sin ruidos…

¿Y sabes? Ya no espero. Ya vivo. Y es maravilloso ese estado donde, pese a angustias, prisas, cautiverios, anhelos, risas tontas y miedos, todo está bien y es perfecto. Perfecto dentro de un orden que se presenta caótico. Bien en cuanto es preciso tomar conciencia y lección.

Me asomo a las redes y veo caras bonitas. Mensajes de solidaridad. Llamadas de atención. Disputas por chiquillerías. Banalidades elevadas a categoría de importantes. Y me entretiene un rato y voy a… Y me quedo parada. Tanto que disfrutaba con Face y ahora me veo lejana… Y parece que IG me atrapa y miro la historia de y cuando voy a interactuar, me freno y se me olvida lo que iba a poner… Y el pajarito me arranca carcajadas y me indigna a la par y voy a tuitear y me detengo poniendo insulseces…

Y no, no es apatía ni hastío vital. Te aseguro que estoy feliz y dichosa. Colmada con mi trabajo, aunque a veces no sea figuradamente y me colapsa. Pero tengo energía para salir a correr. Me planto de cara al primer rayo de sol. Llamo a mis amigas y hermana y se me hacen las mil… Y me mantengo interesada por tramas de series, ansiosa por grabar con mis Corsarios el programa de radio, empalagosa en mimos con mis hijos, embobada con tu gris y tu verde, en paz con la vida y la muerte.

Tan solo es que para mí, por encima de todo está el valor del encuentro. Me quedaba la esperanza de encontrarnos en plena calle tras un largo chat grupal de whatsapp, ahora ya no. Se fueron mis cenas de miércoles, mis tertulias de lunes, mis cerves de jueves, mis desayunos de networking, mis pausas entre clases, mis citas de trabajo, mi segunda casa de comidas y cafés con María, mis horas y horas con mi morenita espejito, mis escapaditas a Altea con mi bruja buena, mis risas cogidas del brazo con mi yogui, mi subidón con mi monitora, mis barbacoas, mi… Todos esos momentos de encuentros volverán o los transformaré por otros.

Podría decir que espero sentada, pero no. Voy haciendo camino. Un camino cambiante que si bien antes relacionarme en redes me llenaba muchísimo, hoy día se me queda corto. Para una vez que tengo tiempo y disposición de encontrarme con alguien, me he vuelto mucho más selectiva, porque incluso, en cada interacción asumimos un riesgo. Y no hablo solo por el aburrimiento, arriesgamos nuestra salud, o la de los nuestros. Siempre ha estado, pero no he sido tan consciente como ahora: en cada acto, está en juego mi alma.

En cada encuentro, elijo. En cada encuentro, decido. De cada encuentro, aprendo. ¡Cómo no va a estar en juego mi alma! Y no es porque descarte encontrarme con alguien porque no se lo merezca. Yo no soy la que reparto ni entrego premios. Estar conmigo o compartir tiempo conmigo no es un premio. Simplemente, tras conversar con mi intuición, decido si quiero, si estoy dispuesta, si me compensa, si me merece, si lo deseo. Aquí me viene que ni pintando, la famosa frase: no eres tú, soy yo 😉

Cuántas veces me vi contestando mensajes que no van a ninguna parte. Cuántos comentarios que se malinterpretan y malusan porque lo lanzas en medio de una contienda que no es tuya y te enteras cuando algunas de las balas que silbaban en el aire se estrellan contigo. ¿Qué necesidad? Me he visto preguntándome y saliendo de muros e hilos de «conversaciones» ajenas a mi estado de ánimo e intención.

Si bien hay quien más se ha conectado con la tecnología, en mí se ha obrado el efecto contrario. Y no es el síndrome de la cueva, ni la falta de estímulos, ni la rutina. Simplemente es que si estoy, estoy. Me ha costado siglo y medio, y eso que todavía no he llegado a la mitad de uno, pero así lo siento: que llevo toda mi vida entrenándome para saber vivir y estar.

Y no, una llamada a distancia no es estar. Un cuidado y acertado sucedáneo, no lo niego, pero no es presencia. No es presente. No es estancia. Me he esforzado por permanecer en el ahora y resulta que ya no es esfuerzo, es tendencia, es disfrute, es calma, es paz.

Las redes me alteran, o mejor dicho, y responsabilizándome, me altero a veces con las redes porque me veo atendiendo unas reclamaciones que no abarco y que me llevan a lugares de sobra conocidos por mí: la dispersión. Así que, cuando me asome por aquí, es porque quiero. Sin imposiciones, ni autoexigencias, tan solo cuando quiera, con independencia de cadencias y rutinas o hábitos pasados. Si mareo a mis pocos y fieles seguidores, lo siento. Si pierdo a mis pocos y fieles seguidores, lo asumo. Si gano a otros pocos y fieles seguidores, lo celebro. Atenderé y alimentaré mi parte más profesional o pública, sin olvidar que por encima de todo está mi persona que impregna todo lo que hago y que cada una de mis facetas lleva un trocito de mí. Pero solo en el encuentro me doy completa y nada lo podrá sustituir.

Y si esto se da en mí… se da en todos. No olvidemos que el verdadero y auténtico valor de las relaciones está en el encuentro. Nunca antes se me había presentado tan revelador.

¡Ah! Me he abierto una cuenta en Tik Tok… Un nuevo juguetito :-)))

2 comments

  1. «El futuro ya está aquí. Y yo caí…»

    Tiempo hubo en que nos encontrábamos con personas, les veíamos las caras y a veces hasta nos rozábamos con ellas. ¡Qué escándalo!

  2. Laura Segovia

    Los malos hábitos vuelven… Los escándalos se suceden…

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