El permiso

Yo creo que la mayoría de frases que dice la gente, no las piensan. Esto no disculpa la inconsciencia, pero sí llena de esperanza la posibilidad del cambio. El caso es que no solo la pronuncian ¡la escriben! En Twitter la he leído no hace mucho: “Si tu trabajo te lo permite”.

Recuerdo el contexto, luego lo diré, y por eso mismo aún más me quedé patidifusa: “Si tu trabajo te lo permite“. “¡¡Si tu trabajo te lo permite!!“. “¿¿Si tu trabajo te lo permite??“. Sí, lo leí internamente por ese orden: primero de seguido, segundo con exclamación de asombro, y tercero con gran interrogante.

Me tuve que situar y cerciorarme con Google (menos mal que no tengo un Huawei) que en España no hay trabajos forzados. Quizá el emisor se encontraba en esa terrible situación que llamamos esclavitud. Aunque fue capaz de escribir en una red social y no pidió auxilio para salir de la misma… Seguramente se encontrará en ese estado sin intervención de terceros, sino por el mayor explotador, uno mismo.

Seguí leyendo el hilo de comentarios, y no, el personaje se refería al trabajo como un ente ajeno a él, con intenciones propias y con un desplegable de obligaciones personales que exceden de las condiciones laborales. Ese ente llamado trabajo ha llegado a tomar las riendas de su voluntad. Ese ente es el verdadero dueño de su centro de operaciones: toma decisiones por él y a él debe pleitesía: ¿Puedo? ¿Me permites? Y el trabajo le habla en un idioma inconfundible: Te dejo. No te lo consiento. Esto no puedes. Ni se te ocurra. Venga, va, me tapo los ojos… date prisita.

Luego dicen que uno ha de cuidarse de hacer el idiota en un garito oscuro por ahí y este sin sonrojo se expone así en redes. Pobre ¿a quién ha de pedir permiso? Y aquí sí ha llegado el momento de desvelar el para qué: para aprender…

El tuit de origen de Virginio Gallardo (@virginiog) decía lo siguiente: “Aprender nunca es urgente pero es importante. A largo plazo el valor de un profesional es su capacidad de reinventarse y aprender de nuevo.” Y alguien responde: “Si te lo permiten en tu trabajo”.

Asusta ¿verdad? ¿Se le ocurre alguna actividad humana, llámese trabajo u ocio, donde uno tenga que pedir permiso para aprender? Está claro que ha de referirse a darse el permiso uno mismo, reflexión profunda donde las haya, porque de lo contrario, a esta persona le urge tomar lecciones aceleradas de sí mismo y de la vida, más que a un recién nacido.

Las personas adultas no precisamos permiso para vivir, para pensar, para tomar decisiones, para actuar. Si así lo siente, revise su estado interior, revise qué le impide comportarse como un adulto. Huya de las personas que le exijan su beneplácito y autorización, ya sean parejas, familiares, amigos, jefes, compañeros, instituciones. Tómese por su mano el derecho que le corresponde a conducirse como usted estime ¿a qué espera para emanciparse de los demás?

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Es posible que esa respuesta signifique una pequeña queja del apego a la rutina o de las rígidas condiciones de trabajo que se aplican en el lugar donde trabaja la persona que la escribió. Pero considerada en profundidad, efectivamente dice algo con poco sentido, porque todos (o casi todos) tenemos algún margen de libertad para aprender cosas nuevas o pensar algo de manera diferente. Como bien dice el artículo, en su inicio, todos decimos cosas sin pensar que resultan exageradas o inexactas. Y a veces pensándolas.

  2. Laura Segovia

    Pues es de cajón que somos libres de nuestra actitud. El gesto de intentar aprender es una actitud y ahí no manda nadie más que nosotros. No lo pensó… Y sin embargo, querido Salva, observo que muchos siguen esta autodestrucción a pies juntitas.

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