El humillado

Si supiera cómo por algún momento no sentirme culpable de las cosas que suceden a mi alrededor… ni hacerme cargo de las personas… ni machacarme con las indignidades que me infrinjo…

Cómo me gustaría poder disfrutar de la libertad que veo que se permiten los demás. Pero yo ¿qué haría sin limitaciones? ¿Qué sucias cosas no se me ocurrirían si pudiera desmadrarme? No, no, mejor me echo a la espalda las responsabilidades de los demás y así no veo las mías propias. No vaya a ser…

Para eso tengo un cuerpo limitado, un andar despacio que cada vez me frena más el movimiento, la libertad. Soy rechonchete, bajito, de cuello ancho, de formas redondas, a veces con una pequeña joroba de grasa, de ojos abiertos como la mirada de un niño. ¡Pero me niego a parecerlo! No me llames por diminutivos, ni me des el papel de protegido. ¿No ves cómo me gusta el rol de madre/padre?

Lo curioso de mi gordura es que crece para que me veas, para que incluso midas mi espacio en tu vida, mi actuar en tus cosas, mi vigilancia, mi sacrificio, mis cuidados y… cuanto más gordo me pongo, más invisible me vuelvo. Más lento me muevo. Más me privo de sexo, de comer sin remordimiento, de atenderme.

Pero los disculpo. Porque yo me avergüenzo de mí muchas veces. Me visto más o menos decente para los demás, escogiendo cosas ceñidas que incluso marcan la resistencia de costuras. En la intimidad no me permito la belleza. Si me visitas de improviso, no me agrado, ni mi desorden, ni mi limpieza, ni mi persona.

Te contaré historias hilarantes donde me pongo en situaciones comprometidas, humillantes, vergonzosas, torpes… y nos reímos todos. Pero aunque disfrute de este aparente inocente masoquismo, me duele. Y cuando las cosas marchan sobre ruedas, me las compongo para boicotearme, renunciando a mis deseos, invirtiendo todo mi tiempo en los demás, descuidando mis intereses privados. Si es que en el fondo, me gusta sufrir…

Eso sí, en cuanto puedo me recompenso y premio con comida. No se me ocurre mejor regalo para mis sentidos. O bien de forma opípara y de una sentada, o bien a poquitos, con chucherías, caprichos, cosas sin aparente importancia, y así no me doy cuenta de lo que estoy tomando.

Porque no me lo merezco, porque me excedo, porque me tiento, porque no soy digno, porque tengo cuerpo y mente sucia. Ya lo decía mi madre cuando volvía mugroso de la calle. O me manchaba comiendo, cosa que todavía me pasa y para más inri siempre cae encima de mi abultado escote, o sobre la corbata o mi mejor camisa. O sudaba en exceso y se me notaba en la ropa en aquellas partes señaladas. O me pilló haciendo cosas de las hormonas púberes…

No me permito disfrutar demasiado de la vida, ni de los placeres asociados a los sentidos ¿y si me paso de la raya? Mejor me ocupo de los demás, antepongo sus necesidades y desvío la mirada de este culpable cuerpo. Y sin embargo, las circunstancias y las personas se revuelven contra mí ¡con todo lo que yo hago!

Y aunque otro sea responsable, me callo por vergüenza que se han aprovechado de mí, que me pusieron los cuernos, que me estafaron en un negocio, que me vejaron o acosaron, que me despidieron de un trabajo… En el fondo creo que soy culpable en algo de que esto me sucediera. No lo viviré con rabia o ira hacia los demás, lo viviré con humillación y deshonor hacia mi persona.

Esta herida emocional se mezcla con otras (https://laurasegoviamiranda.com/el-rechazado/  o https://laurasegoviamiranda.com/el-abandonado/), subyace en un fondo, o aflora puntualmente. Así es como a la mujer se le puede manifestar en su embarazo, engordando más de lo debido, despreciando sus formas y aún permaneciendo así tiempo después. En el hombre ensanchando sus espaldas, torso y brazos. No parecerá fuerte, musculoso, ni regio; semblará ancho y grueso.

Y con independencia de mi volumen, existen maneras de sanarme, de aceptar mis necesidades, de perdonarme mi humanidad. Puedo ser digno, dadivoso y servicial si, una vez ocupado en mí, decido compartirlo. Puedo ver capacitadas a las personas de mi alrededor aunque se equivoquen. Disfrutaré con la vida de los demás sabiendo que no precisan de mi intervención. Me cuidaré y honraré para extraer mi parte sensual, placentera y libre.

Algún día alzaré mi vuelo ligero, sin rumbo, sin ataduras y con un permanente y benévolo deseo de llenar mis días de jovial alegría, sin vigilancias, sin autoimposiciones y con generosa tolerancia.

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