Siempre fuiste mar

En ti hay olas que destrozan mis castillos de orilla para luego retirarte dejándome en anhelo.

Siempre fuiste mar… Salado de lágrimas, reseco con brillos de atardecer rojizo.

Demasiado bravo, inhóspito e inmensamente pequeño. Y deseado. Grandioso en tu minúsculo reino. Y deseado.

Me hipnotiza mirarte, se me pasan mis momentos… mas nada acontece. No cambias, pese a que no te mantienes constante. En esencia eres idéntico, eres cadencia mudable.

Siempre fuiste mar… yo arena.

Del más puro negro sin día, al color intenso del paso de la noche. De la pesada calma al rugir sin causa. Del gris plomizo, retorcido y ambiguo al más puro turquesa limpio, derretido, cristalino y radiante. De un giro, de un instante, de un soplo, de un rayo…

Siempre fuiste mar… yo juguete de playa.

Estás presente, pero con respeto te mantengo lejano como arma que se sabe de doble filo, cortas y das la vida. Me divierto en tu elemento sin que tú participes más allá de dejarte hacer. Al final siempre me echas… y me marcho… y te quedas solo. No digas que no es venganza, te he visto arrastrarme a tu sigilosa y sorda ira. No querer retener te pesa y te suelta la mano antes de que se te escape.

Siempre fuiste mar… yo de tierra.

Allí regreso, pero tú te acercas y te alejas. Te impones para abandonar. Reclamas y no recoges. Dejas sin recompensa tu exigido sacrificio.

Siempre fuiste mar… yo navío.

Fuimos forjados para pertenecernos. Pertenecernos como dos, tú sigues siendo tú, yo no puedo ser yo. Me dejo llevar, me hundes. Me mantengo, me expulsas.

Siempre fuiste mar… yo cada vez más sol.

Sin mí no hallas tibieza. Sin ti no tengo cometido. Tú, soberbio, miras arriba sin entender que no hace falta, que fluyo en ti. Yo, soberbia, no acepto ni entiendo que puedas ser sin mí.

Siempre fuiste mar…

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