¿Quién dijo que no hay que tener miedo?

¿Pero a quién se le ocurrió? ¿Quién dijo que no hay que tener miedo? No es que no haya que tener miedo, es que hay que estar acojonado y aún así hacerlo. No tiene mérito alguno estar ante una situación complicada y no sentir miedo, eso es inconsciencia e irrealidad. Tener miedo nos avisa, nos estamos diciendo: ahí hay un peligro, un posible peligro de muerte… pero aún así voy a por ello.

No se trata de extinguir o anular al miedo, no, se trata de vencerlo. De ser capaces de irnos de fiesta con él y divertirnos. Tenemos que llegar a sentirlo, reconocerlo y ver dónde se nos manifiesta, qué activa en nuestra mente y de qué tenemos ganas de hacer ante él… y aún así plantarle cara.

—No me voy a dejar arrastrar a tu orilla. No pienso salir corriendo. Gracias por avisarme de que esté preparado, ahora voy a enfrentarme.

Pero ojo, cuidado, porque del miedo también se sale “picado” como los toros y en vez de huir, envestimos. Si el miedo nos viene disfrazado de ira, nos portamos cual humano cabreado y las instrucciones que nos damos son distintas, pese a que la causa sea la misma:

—¿Por qué me las tengo que ver en éstas? Que se aparte todo que yo voy hacia eso, se ponga quien se ponga en mi camino.

¡Ay, qué confundidos que estamos! Nos ponemos a atacar a diestro y siniestro mal pensando que todo o todos se ponen en contra para que yo no me sienta seguro y en vez de vernos como cobardes, nos vemos como víctimas. Eso es más llevadero ¿no? El cine está lleno de pobres víctimas de circusntancias y malvados, pero al actor con caché nunca le dan el papelón de cobarde.

—¡A ver, los del casting! Tengo un prota que sale corriendo tras temblarle las canillas ¿alguien lo quiere? ¿Noo? Mira que os ponéis exquisitos… Pues venga, vale, tengo otros tres. Uno de justiciero del espacio que sin mediar palabra mata a miles de marcianos no vaya a ser que. Otro de Jefe de Sección de multinacional que pone zancadillas a todos los que vienen por detrás para que no se le pongan por delante. Y ya, el aspirante a Óscar, el político que contenta a todos para no gobernar a ninguno.

Y así mientras, el miedo vive en nosotros pero con cara de enfado. Yo le veo más futuro, sinceramente, no sé qué opinarás, pero de enfadado por la vida hasta los amigos te ayudan, porque lo de bloqueado o escapista… no tiene el mismo tirón.

¿Pero quién dijo que no hay que sentir miedo? Sentir es inevitable, de hecho estamos todo el puñetero día temiendo algo, nos la pasamos así constantemente. Que si miedo a perder, que si miedo a ganar y entonces surge el miedo a perder lo contrario. Miedo a nosotros mismos, a nuestros sentimientos, a que no nos quieran, a no querernos, a que nos quieran demasiado y no corresponder, o a que nos quieran y tener que corresponder. Miedo a sufrir, miedo al dolor o miedo a sufrir si nos duele…

Reconocer el miedo y a qué es el primer paso para plantarle cara. ¿Que como se nos pasa? Pues buscando protecciones para sentirnos seguros, que no es más que una quimera. La seguridad es un artificio, un azucarillo para tener a nuestro estúpido espíritu pueril contento.

Así que ni admiro ni envidio a quien proclama que se mueve por ahí sin miedo, ni me da ánimo ni me sirve de ejemplo. Mas aquél que me cuenta que lo sintió… que de pronto una mano le estranguló el aliento, le pellizcó la boca del estómago, le anuló la vista y le detuvo las energías… aquél que me cuenta que lo miró de frente, que le vio los colmillos y se reconoció vulnerable, pequeño y consciente… aquél que dio un paso, que no huyó, que no paralizó su caminar, ni tampoco mordió lo externo… aquél es el único que tiene legitimidad para decir con los dientes apretados, el pie decidido y la mirada fija que no hay que tener miedo, lo que hay es que tener coraje para vivir pese a él.

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