Que alguien venga a salvarnos

Esta frase me la he dicho muchas veces cuando era pequeña. Y así lo esperaba: que alguien viniera a salvarme. Cuando me perdía, no sabía qué decisión tomar, me hacía daño o me sentía sola. Es un pensamiento inmaduro, pero necesario. Cuando no somos, cuando todavía no somos, dependemos de otros para que nos guíen, nos muestren, nos hagan, nos proporcionen o nos consuelen.

Y sin embargo, esto mismo me ha acompañado mas allá de mi infancia. Cuando me he sentido incapaz, inútil, ignorante o carente, he pretendido que mis padres, mis amigos, mi novio, mi jefe, el Estado… me ampare y guíe, me consuele, me proporcione y dé. Me daba tanta rabia esa sensación de dependencia, que la transformé en autosuficiencia. Pero esa irreal independencia, no es más que soberbia y miedo. Pues cuanto más gallita me he puesto, más en evidencia se han notado mis vacíos y mis peticiones de llamadas de atención.

Sería pretencioso decir por mi parte que llegó un momento en que me di total cuenta que no soy un ser vivo individual. Que soy un animal social, que vivo en relación. Que solo soy y me sustento junto con otros. Que no he de desaparecer en los demás, pero que no dejo de pertenecer al sistema. Que estoy unida con la humanidad por la relación.

Podría decir que he tenido atisbos de interdependencia… Que estaba en ello. Y llegó la pandemia… Y un bicho (yo lo llamo así, no se me dan bien los nombres) que parece que está en la conchinchina, le da por practicar vuelo delta por todo el mapa mundi y ataca lo que somos: relación.

¡Qué estupendo que podemos seguir relacionándonos con la tecnología y a distancia! Y a mí me parece un horror. Un sustituto al que estamos encumbrando a los altares. Porque además, refuerza lo que nos ha llevado a donde estamos, a estar deshumanizados.

Ya no nos hieren la sensibilidad determinadas imágenes. Ni siquiera relatos catastrofistas y agónicos. Nos conformamos con vernos la imagen y escuchar las voces o leer los pensamientos y nos creemos que esto es relacionarnos. He llegado a escuchar que el contacto está sobrevalorado… Y aquí es cuando me han saltado las alarmas.

No somos mente. Somos cuerpo y mente. Somos animales de carne y hueso. La energía que nos acompaña se transmite en proximidad. Estar al lado de alguien, empaparte de su cercanía, escuchar su respiración, que su olor se haga presente, que su tono se adecúe a tu captación, que su rubor aparezca, que puedas tocarle, asirle, apretarle, abrazarle…

Se nota quien está cómodo o no encuentra diferencia en estas circunstancias de cero contacto, mas detrás suele esconderse carencia afectiva, aprendizajes cero emocionales, dificultades para dar o recibir amor.

No somos seres autosuficientes, nuestras propias manos y brazos no bastan para alimentar nuestro ser. Y mira que hay pensadores y sesudos científicos y loables místicos que inciden en que nos deberíamos de bastar solos, que somos completos, que somos capaces individualmente de…

Somos en relación. Nos necesitamos mutuamente. Una vez pasada la fase infantil de dependencia y la fase inmadura de independencia, cuando somos maduros somos interdependientes. Nada he de desarrollar hacia mí que no tenga una vocación hacia los demás.

De nada sirve la oración privada, el mantra asceta, la clausura o el desarrollo exclusivo del amor propio si no tiene contribución. El punto de partida somos cada uno de nosotros, pero la meta no es un mismo. El destino y fin último del ser humano no es la individualidad. Somos seres relacionarles, colectivos, gregarios, cooperativos.

Hemos avanzado porque existe la primera persona del plural. No queda otra que pasar por uno mismo, pues nada puedo dar si nada tengo, pero no es para quedarse ahí. Y este encierro (me gusta más que el término confinamiento) nos ha puesto de manifiesto cuánto nos necesitamos los unos a los otros. Para comer, para sanar, para consolarse, para ayudar, para reír, para gozar, para protestar, para aprender, para morir… Sí, para morir.

Imagino el gran duelo que vamos a pasar como sociedad por aquellos a quienes dejamos de ver. Aquellos de los que no pudimos despedirnos. Aquellos a quienes entregamos a extraños para que le acompañaran en sus últimos momentos. Toda esa angustia, culpa o bloqueo la superaremos juntos, reunidos, en compañía, en relación.

Con la inmovilidad física y a veces productiva, la sensación de incapacidad abruma y resurgen nuestras llamadas de auxilio hacia lo exterior. Y entonces volvemos la mirada al papá Estado para que nos pague, nos alimente, nos dé esperanzas, nos abra la puerta, nos la cierre al bicho, nos deje trabajar, impida a los demás, nos tome la temperatura, encierre a ese, me deje salir a mí, me informe, pero no de todos los detalles porque sufro, me garantice, pero me deje libertad, me proteja, pero no me ahogue… Pero ¿hay alguien ahí? ¡Por favor, que alguien venga a salvarnos!

Es justo el momento de observar en qué punto de madurez estamos como sociedad. Es ahora el momento crítico para decidir si queremos seguir en modo adolescente con el entorno o queremos convertirnos en adultos y eso pasa por actuar desde nosotros mismos para con los demás. Nadie va a salvarnos, nos vamos a salvar entre nosotros.

El ejemplo me lo dio una noticia de los médicos de Madrid. Ante la quietud del sistema burocrático, los propios médicos se conectaron a través del WhatsApp para organizar enfermos graves. Y empecé a recabar un montón más de noticias de personas anónimas que toman las riendas, que se involucran, que crean soluciones al margen de lo establecido, que llaman a otros, que se unen. Esas eran las noticias que más me interesaban.

Y en ese, y otros mil gestos más, me ratifico en que nadie va a salvarnos, nos vamos a salvar entre nosotros, partiendo de uno mismo.

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