Por nuestros prejuicios nos conocerán

Voy a contar una anécdota reciente acerca de los prejuicios. En este concreto caso, los papeles se invirtieron a como he solido vivirlos con anterioridad. Pues a mí me suele acontecer encontrarme en situaciones donde la gente que va como cliente presume que quien le atiende está en un escalón inferior en educación, experiencia, saber estar y mundo. Maravilloso lo que se conoce de una persona o del grupo con el que se relaciona solo con observar cómo se dirige a quien le sirve, a veces confundiendo servicio con servilismo. Vestigios de complejos de clase alta.

Pero en este caso fuimos juzgadas mi hija, mi amiga y yo por un camarero solo por la ropa que llevábamos. No es que fuéramos sucias, con harapos o enseñando lienzo de piel sobre los que tatuar con profusión, antes muertas que sencillas, tan solo las sandalias de material plástico, ropa ligera y el pelo secado al viento denotaba que veníamos del lugar más concurrido del verano: la playa. Con la sola intención de tomar algo fresquito para hacer más llevadera la vuelta a casa, preguntamos al personal si podían atendernos en una gran terraza al aire libre que tiene el sitio. Por supuesto, nos dijeron y nos acogieron quedando sentadas en una zona privilegiada de aperitivos.

A la hora de tomarnos nota, se acercó un tipo cargado de condescendencia y con el «bocadillo» de la viñeta a la vista que rezaba: «Pobres, estas catetas han caído en un establecimiento por encima de su rango y posibilidades, les voy a demostrar quiénes somos aquí». En la comanda de las bebidas no puso pegas, pero al insinuarle unas patatas o algo así, porque mi hija tenía hambre, casi nos pisa la frase y enseguida le salió la sonrisa de complacencia por haber acertado en sus prejuicios: «No tenemos…» con una caídita de rostro hacia hombro derecho muy bien entrenada.

Pues nada, díganos que hay así semejante para picar. Unas croquetas, atinamos a elegir de las sugerencias. Asintió, pero era curioso como la sonrisa se le subía aún más. Le observaba atentamente, había captado mi atención y me estaba divirtiendo bastante este encuentro donde ladinamente permanecía callado en su disfrute privado, hasta que mi hija le dijo: ¿de jamón? y enseguida se desveló el misterio. Creo que se supo ganador y casi rozaba su testa el laurel al pronunciar: «Aquí no tenemos de esas, las tenemos más sofisticadas».

Se quedó callado dándose bombo. Dígame, y me tuve que esforzar lo mismo que cuando tiras de la lengua a un alumno para que responda la pregunta de contenido más allá de un monosílabo. De boletus con Pedro Ximénez o de langostinos. Langostinos, escogió mi hija. ¿Cómo será esa sofisticación? nos preguntábamos intrigadas al tiempo que ya pudimos sonreírnos cuando alcanzó el sujeto una distancia prudencial.

El sitio desplegó toda su parafernalia de vajilla, cubiertos, servilletas de tela, camareros con guantes, uniformes blancos, copas de cristal fino y un sinfín de detalles que hacían las delicias de estas tres clientes no aludidas por la actitud del camarero. No pasaría nada si nunca antes hubiéramos tenido ocasión de experimentar estas cosas, pero que lo dé por supuesto porque al ser domingo de agosto no vayamos vestidas de domingueras, me da a mí que quien tiene menos experiencia en estas lides era él.

Nos sirvieron antes la bebida y seguíamos esperando el plato, y claro, cuando llegó, trajo consigo cierta decepción. Es lo que tiene esta década televisiva de Masterchef, que las croquetas dejan de ser croquetas para tomar otras apariencias, texturas, sabores… Pero no. Nos sirvieron la típica croqueta de langostinos. Lo que viene siendo una masa de bechamel con un ligero sofrito ligado en un suave caldo de fondo de pescado, con trozos del susodicho crustáceo, pasado por huevo y pan rayado, donde toma su textura crujiente, aspecto tostado y brillante al sumergirse en aceite para su fritura. Eso sí, en un plato muy mono, sobre una cama de salsa reducida americana, algún trozo más de langostino y tomates Cherry.

El camarero pasa por nuestro lado al rato para preguntarnos qué tal nos parecía. Bien, contesto y escucho dos voces al unísono responder a cada uno de mis lados sin dar importancia ni apartar la vista de sus inmensos platos donde una redondita croqueta desmenuzada agonizaba su entereza: «Sofisticadas». Aquél, por donde vino, se fue.

No crean ustedes que nos reímos. No al menos enseguida. Era todo tan normal y tan extraño que comenzamos a comentar entre nosotras cómo nos habíamos tomado todo aquello. No nos dimos por aludidas y si pretendía hacernos sentir mal, cosa absurda dirigir al cliente hacia esa emoción, tampoco consiguió su meta. Todo lo contrario, todas coincidimos en que el local tenía un trato excelente, pero este camarero carecía de las habilidades sociales mínimas para su puesto. Mi hija reforzó su idea de que las croquetas de jamón le gustan más y que la salsa americana tenía cierto regusto a papilla de bebé que no aportaba mejora. Hacía tiempo que hablar de croquetas no me daba tanta risa, desde que difundieron la leyenda urbana de que la RAE admitía el término «cocreta».

Cuando uno sirve a las personas, desde médicos, abogados, terapeutas, policías o camareros, uno ha de dejar sus prejuicios de lado, o al menos, entrenar la capacidad de que no se noten tanto. Imagino que supuso que no teníamos dinero para pagarnos ese aperitivo, o que íbamos a quejarnos de la relación cantidad precio, o de que nuestros paladares no estaban preparados, o que espantábamos a los clientes de postín, o qué se yo. Pero vaya, expresar nuestros prejuicios solo habla de nosotros, de cómo vemos el mundo. A mí me encanta ese viejo dicho que reza: «Se cree ladrón que todos son de su condición». De todo esto, que siempre hay que extraer el aprendizaje para uno mismo, me llevo una denominación más a los varios tipos de croquetas que conozco: sofisticadas…

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