Piropo que se vuelve amargo

Y un día alguien me dijo un piropo, una lisonja, algo que me expresó para con orgullo hacia mí, con cariño, con estudiado ánimo de halagar. En definitiva, lo que pensaba que era todo un piropazo:

“Eres mejor de lo que pareces”

Y sin embargo en mi interior… La recogí con una sonrisa helada en mis labios, pues me resonaba. Había algo que no encajaba. ¿El qué? No supe cómo reaccionar, ni qué contestar. ¿Un gracias? Pues no identificaba lo que me rechinaba. Eres… mejor… pareces…

Tengo un vago recuerdo de que le pregunté a qué se refería, pero ni su respuesta ni mi escucha me vienen a la mente. Ese piropo lo metí en una caja que tengo para las cosas que no digiero, pero que no quiero dejar pasar. Sé que contiene información valiosa para mí, aunque en ese momento no sea capaz de descifrarlo por falta de conciencia o de recursos, así que me lo guardo para analizarlo más tarde. Es la caja de los “paluego”.

Y mira por donde me viene en estos últimos tiempos y con más intensidad estos días. Es una frase que me remueve los cimientos desde varios puntos. Y más cuando mi atento oído la ha pillado en más de una ocasión y de diferentes personas. El “espejo” no miente…

Lo primero que me viene, da en la diana de mi ego: “¡Qué bien, Laura, gustas, te alaban! Has de sentirte contenta y feliz porque para alguien eres válida. ¡Albricias! Estamos de celebración, gustas, te aman, te miran y les gustas.” Y mientras mi ego da palmas con las orejas, mi ser corre a por la mercromina para curar la herida… A ver, Laurita, cariño, eres la misma antes y después de haber escuchado esto. No lo necesitas.

La segunda reflexión es que esto quiere decir que la imagen que proyecto difiere de mi persona. Es más, no lo estoy haciendo de manera clara y auténtica, porque o bien proyecto que soy torpona, o bien mi autovaloración está quedando a la altura del betún, pues pudiendo relucir cual estrella, me quedo en bengala barata de feria.

Y la tercera reflexión es la que más me ha costado ver. ¿Mejor para quién? O sea, que lo esperado por alguien que asocia mi imagen a sus ideales, ha superado sus expectativas. ¿Y eso es de digno de suponer un piropo hacia mi persona? ¿Acaso su expectativa de mi yo real es motivo de alabanza por mí? Oye, pues mira qué bien que la idea que te habías hecho en base a mis apariencia ha encajado con lo que te has permitido ver en mí… ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

De verdad, que mire por donde lo mire, ya sé por qué este comentario resonó en mi interior. Y es que precisamente, yo también adolezco de ese grave defecto. Defecto que desde hace bien poco me lo intento corregir, cerrando el cajón de la conciencia con los dedos de los prejuicios y expectativas dentro.

Sí, tengo tendencia a ponerte en un altar. A mirarte grande. A deslumbrarme con tus imaginadas proezas. A rellenar con magia los espacios en blanco que desconozco de ti. Me he dado cuenta de que resulta tan injusto… No me deja verte, apreciarte, saborearte, aceptarte…

Tú eres, y no lo que yo piense, idee o espere. Eres. Y si yo dibujo tus partes, movimiento y escenario… no te dejo ser. Además, todo lo que yo dibuje es de sobra conocido por mí y retiraré lo que no, y atesoraré lo que sí. Y no te dejaré ser tú. Y no te amaré con ojos inocentes, ni escucharé los cánticos de tu alma, ni me erizaré de respeto ante el contacto con tu ser.

¿Y sabes? Tomar mis tiempos, tomar el tuyo, sentir el viento y tu encuentro sin un forzar, me encanta. Me encantas. Para mí, el mejor piropo es que me dejes ser yo, contigo.

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