No me exijo la excelencia, pero la prefiero

¿Sabes esas cosas que nos imponemos pero que no van con nosotros? Y espero que esto no suene a excusa, aunque lo sea, pero es que cada uno ha venido a este mundo a suplir las carencias del resto. Esa es mi filosofía, de 9:00 a 21:00 horas, de lunes a viernes y algunos sábados. Y yo pienso que si todo el mundo buscara la excelencia en lo que hace ¿qué narices hacemos con las urgencias, con las innovaciones, con la escasez de recursos, con la espontaneidad?

Mucho tiempo he desoído mi voz interior y me guiaba por lo que debe ser: la búsqueda de la excelencia. Eso que se llama superior calidad. Eso que se supone que nos mejora, que nos empuja, que nos hace sobresalir. Así que en los libros y métodos sobre la excelencia siempre encontraba que debía exigirme más, no conformarme con lo primero ni lo segundo ni lo tercero, pulir, practicar, ensayar, perfeccionar, revisar y volver a empezar, y siempre buscar…

No es que sea agotador, no suelo darme cuenta de esa sensación hasta que literalmente caigo sobre lo que realice en ese momento, es que me resulta frustrante, nada operativo, aburrido sobremanera y me resta eficiencia. ¿Cómo? Como lo lees. Buscar la excelencia será buenísima para los excelentes, pero para las Lauras, no.

Tranquilo que no voy a hacer un alegato sobre la mediocridad, es más, escribí un post sobre ello y no lo puse en alza precisamente, más bien todo lo contrario, ensalcé la excelencia (De aprobado a excelente) Quizá porque hablaba desde otro concepto de excelencia o quizá porque me salió mi vena profesora y a veces meto mucho la pata hablando sobre lo que otros han comprobado hasta la saciedad que funciona… pero a mí, no.

Esto de elevar a categoría de certeza lo que a uno le funciona es muy pernicioso, y creo que ello tiene la culpa de que sea tan descreída sobre todos esos libros de casos de éxito y biografías de “Yo lo hice, tú lo puedes hacer”. Pues no, es que cada uno somos como somos y a mí en particular no me va ser excelente, o buscarla, o no conformarme con menos, o… Espera, que quizá estoy confundiendo la excelencia con la exigencia…

¡Ah! pues va a ser eso, carezco de autoexigencia, debo confesarlo; mi penitencia, please, así me enmiendo. El caso es que soy eficiente, eficaz, resolutiva o el sinónimo que diga que saco las cosas para adelante y que no me paraliza ni el análisis ni el perfeccionismo. Un gran defecto, lo sé, pero no ser exigente tiene su ventaja y por eso no la cambio: no me hace sufrir.

Por supuesto que prefiero hacer las cosas cada vez mejor, por supuesto que prefiero superarme, por supuestísimo que prefiero eso y más, pero… pero no me lo exijo. Lo prefiero, sí, es estupendo, viviría en un mundo ideal carente de peros, pero… pero no me lo exijo.

Y ello me permite, por ejemplo, escribir con frecuencia y frescura mis post. No los pulo más de una vez o acaso si me pilla desprevenida, le doy dos vueltas. Más de uno fue a parar al pozo del olvido porque me exigí que gramaticalmente, que la idea, que la documentación, que su estilo, que… Cuando me fuerzo a no ser yo, dejo de tener calidad, o al menos la calidad que yo creo que me hace diferente y para mí eso es calidad.

Es más, esa falta de exigencia me permitió introducir unas notas de audio en unos post donde lo sabía… era consciente que en algún momento faltó… que fui rápida, que no di la inflexión, que no entoné, que se escuchó… Pero después de varios intentos rescaté el que más me gustó, sin gustarme del todo. ¿Que lo hubiera preferido mejor? está claro, pero salió y mi vida no puede paralizarse por mi exigencia, porque no lo hubiera publicado jamás.

Gran círculo vicioso: hasta que no sea buena, no lo expongo. Si no lo expongo, nunca seré buena. Pues como no soy buena, no lo hago. Como no lo hago, nunca llegaré a ser buena. No lo hago…

La mayoría de las veces no triunfa el que se exige, el que busca constantemente o roza la excelencia, que va… triunfa el que llega primero, el que llega diferente. Y normalmente el que llega primero es porque se dejó un poco aparcado por el camino la excelencia. Y el que llega diferente, como no tiene referentes de excelencia, pues eso, uno mismo. Y ya sin ejemplos de triunfar, la mayoría de los que persisten en sus proyectos son los que no desistieron por no alcanzar la excelencia, son los que pese a no llegar a ese nivel que se impusieron, daban pasitos para ir hacia ella, pero sin dejar de darlos porque no estuvieran a la altura de sus metas. Preferían que las cosas salieran mejor y perfectas, pero… no se lo exigieron.

Aunque ojo, esto que digo me sirve a mí y si algo me tiene que haber aportado la experiencia es darme cuenta de que soy tan necesaria como el que prima la excelencia sobre la eficiencia. A mí y a los que somos así nos puedes llamar si hay una urgencia, si hay que improvisar, si hay que tomar una decisión rápida, distinta o aguantar presión. No te fallaremos, no nos bloquearemos, nos adaptaremos con rapidez, nos vendrán varias ideas, el tema saldrá y no verás un vacío, mas… a toro pasado no esperes que sea siempre la mejor solución.

Si quieres algo fetén, bien sopesado, probado, perfeccionado, pulido, ensayado, previsto, metódico… busca a quien maneje la exigencia, a quien no se conforme con menos pudiendo lo más, a quien disponga de tiempo y medios para probar, atar todos los detalles y ensayar. El que busca la excelencia repite y repite hasta que sale bien, se suele centrar en el objetivo, en la meta, en la diana y por ello perfecciona, pule y saca brillo. Los otros simplemente aparcamos por un momento el método y hacemos lo que sea para que las personas, el cliente, el compañero o la peculiaridad de la empresa prime por encima del objetivo. Ya, claro, resta precisión, pero permite encajar tuercas que otros desechan porque no tenían cabida.

Ni mejor, ni peor, diferente perfil y enfoque para diferente tarea.

Así que alcanzar esa excelencia me supondría renunciar a cosas por las que no estoy dispuesta a pasar, porque dejaría de ser yo. Me supondría especializarme en uno o dos aspectos, lo que se llama hoy día “enfocarse”. Yo necesito relacionar disciplinas y conectar conceptos que parecen lejanos. Sí, sé que estamos denostados en algunos círculos los multitarea y ahora nos quieren encasillar en dispersos, pero no nací para hacer una sola cosa, reclamen a mis progenitores a ver qué experimento hicieron conmigo.

También me supondría dejar de probar constantemente cosas nuevas, porque claro, ya se sabe, cuando empiezas algo nuevo eres torpón, cometes errores… no eres excelente y bajarse de nuevo al fango cuesta, pero es lo que a mí me da vidilla. ¡Si es que lo peor de todo es que tendría que dejar de divertirme! Yo veo y escucho a esos magníficos conferenciantes que tienen su ponencia anual que repiten una y otra vez a modo de gira mundial y me dan cierta envidia, lo confieso. La tienen bien estudiada y como es la misma, hacen el gran esfuerzo de una sola vez y luego ya le introducen variaciones y mejoras. Al final el espectáculo resulta excelente o muy cercano, pero… a mí no me divierte. Y si no me divierte, no me apasiona y si no me apasiona no puedo transmitirla.

En estos incipientes momentos de mi vida (juventud interior, divino tesoro) me exijo pocas cosas, tan sólo las que prefiero…

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