Necesito la magia

No voy a hacer una arenga contra estas fiestas (puedo eliminar lo de “entrañables” ¿verdad?) pero… Empiezo mal, lo intuyo, cuando uno pone un pero, ya todo se sabe. Aún así le voy a poner corazón al tema, y para ello voy a comenzar por reconocer la legitimidad a ambos bandos (positivo y negativo) porque cuando se habla de sentimientos, todo cabe.

Cabe que estemos dichosos si estos días de asueto sirven para juntarte con personas a las que amas y te ponen una excusa en bandeja. Cabe que estemos nostálgicos si es todo lo contrario, si las sillas vacías acentúan aún más la pérdida. Cabe que estemos pasotas aunque nos sumemos a los chascarrillos y a la algarabía alrededor de una mesa de ricas viandas y espirituosas bebidas. Cabe que estemos rabiosos contra este mundo de felicidad ajena y sufrimiento propio. Cabe que estemos desconcertados porque pensemos que pertenecíamos a una gran familia y nos veamos como el convidado de piedra. Cabe que estemos orgullosos de lo que hemos sido capaces de montar en dos días con apenas medios ni ayuda. Cabe que…

Para gustos, circunstancias, religiones, creencias o vivencias, los colores… ¿Quiénes somos nosotros para juzgar si hacen bien, mal o regular? ¿Que la gente se empeña en que tienes que estar feliz? Bueno, por lo menos los envidiosos y aguafiestas se la tienen que envainar estos días…

¿Que no era necesario ese despliegue de medios derrochones? Está claro… Dicen que con ello se reactiva la economía. Pues vale, lo daremos por acertado: los comerciantes y productores estarán de enhorabuena y los demás esperaremos pacientemente nuestro turno tras la resaca de este empacho.

Yo hace tiempo que quitándole toda ñoñería, consumismo, depre y desbarre colectivo al asunto navideño me quedo con la única cosa que a mí me aporta algo profundo y que me sirve para renovar mis votos paganos: la magia.

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Me acuerdo cuando fue mi primer año de Reyes que yo sabía que los mismos tenían la sangre tan roja como la mía y fingí por no quitarles a ellos la ilusión de padres. Me había pedido una bici, (ese año se ve que andábamos tirando la casa por la ventana) y como vi que se acabaron los paquetes abiertos consistentes en camisetas interiores, paraguas, calcetines, cuentos y esas cosas necesarias que mi madre se empeñaba en ponernos para engrosar una lista que jamás contenía semejantes vulgaridades, sabía que por fin me habían traído la bici, porque ante mi cara de “después de esto no me pienso quedar satisfecha”, ellos seguían nerviosos y sonriendo.

¿Dónde narices podían haberla escondido? Era imposible que una bici pasara desapercibida en un piso de 80 metros cuadrados atiborrado de trastos. Me llegué realmente a preocupar a la segunda vuelta que pegué a la casa para no encontrar lo que mis padres decían que faltaba… Que no me espere ese Nenuco que siempre me pido y nunca ha llegado, no, este año no, por favor, y mira que me hubiera hecho ilusión, pero éste no. Lo dejé clarito: la bici y nada más.

Y al fin, tras la cortina del dormitorio de mis padres, donde os aseguro que ya había mirado hacia allí antes, estaba ella. Si eso no es magia… Sobresalía el manillar y rompía la armonía de la caída de tablas blancas, su figura se traslucía y no cabía duda que tenía dos ruedas unidas por un palo y un sillín. ¿Cómo no la vi antes? No sé cómo lo hicieron… mas yo no pregunté.

A día de hoy sigo sin saberlo, porque la mala cabeza de mis padres les hace no acordarse y la mía me hace aferrarme a la magia. Ningún “regalo” después me ha hecho tanta ilusión, así que cambié mi lista de deseos de cosas materiales a pensamientos mágicos.

Por supuesto que admito objetos y me los traen mis personales reyes, pero siempre que voy de paseo por la noche en estos días intento mirar una estrella y pedirle tontadas: que me den una sorpresa que me arranque una gran sonrisa, que ese proyecto de superstar me salga, que una noche tenga un sueño muy muy bonito, que pueda escribir esa carta que espera ser escrita, que ese abrazo llegue… y por supuesto, que mi niña siga viviendo dentro de mí.

Necesito magia, la necesito como Campanilla (perdón, me crié con Disney y la Coca-Cola). Me da igual que sea en Navidad, que sea en Reyes, que sea en verano o en un amanecer de otoño, necesito pensar que si deseas algo y lo pides, algún día se puede cumplir. No tiene pies ni cabeza, no parece lógico, es irracional,  incomprensible, y sin embargo… se siente.

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Necesito esa magia que aún habiendo mirado todos los días allí, un día, sin saber cómo… descorres la cortina y te la encuentras...

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