Los viajeros y los turistas

Existe una corriente en contra de los turistas, que no de los viajeros, a la cual me apunto. Si vas a visitar una ciudad, o un edificio, o un lugar que salga en los medios, que tenga muchos accesos o que sea citado en cualquier “trending topic” de alguna trending página o cuenta de Instagram, ya sabes que va a estar abarrotado, explotado y saqueado de encanto.

No hace mucho me aconteció en Florencia, en Granada, en la playa de San Juan…

¿Y sabes cuándo más detesto a los turistas? Pues cuando hago de turista… Solo el que va de turista se encuentra con turistas.

Cuando vas de observador, de vividor, de disfrazado de líquido que fluye, no hay turismo en la acción. No hay desagrado, disgusto ni falta de complacencia. Cuando eres viajero, todo lo que depara el viaje es bien recibido, es bien disfrutado, es bien aprehendido.

Si hay paz, que la paz sea con uno. Si hay marabunta, que la marabunta me absorba. Al fin y al cabo, allá donde vamos, nos encontramos con nosotros mismos.

A mí me encanta cambiar de escenario, pero soy muy consciente de que si en nada evoluciono, termino jugando la misma partida.

Tan solo prestando mucha atención, saliéndome de las cabezas ajenas donde a veces me meto, soy capaz de saborear la vida como una viajera que nada programa, que nada espera y que se abre a recibir.

Ir de turista es trabajar como pone en la guía, es relacionarte según los acompañantes indican, es disfrutar conforme el manual contempla. Y si todo ya está escrito, probado y opinado ¿para qué viajar?

Puedo ver una torre, un palacio, un cuadro, un cajellón o una tienda como parte del decorado que contiene la experiencia de prueba de aprendizaje, o compararla con guías, lugares comunes o expectativas garantizadas y frustrarme porque lo ideal difiere de lo real.

Si ya me lo sé… Cuando voy de turista por mi vida puedo ser protestona, exigente y mordaz como pocas. Mas cuando voy confiada en que el viaje me proporcionará aquello que ha de ser y que mis recursos son plenos para vivirlo, mi sentido del humor, mi optimismo y mi tolerancia se expande hasta contagiar a las piedras. Si ya me lo sé…

Pero ayer y también recuerdo otro ayer cualquiera, me rompo en incapacidad, en inseguridad, en desvalía… en desmerecimiento.

Sí, ayer me fui a la fiesta de plegarme a deseos ajenos, a mendigar restos de atención, a olvidarme de mí para vivirme en otros. Basta. Ya no quiero más. Dejo el turismo de esta mi existencia.

Intentar encajar un hecho fortuito en mi organizado y premeditado mundo me causa dolor. Las cosas no salen como yo quiero y me superan … Las personas no me aprecian como yo espero y me rechazan… Cuando voy de turista, voy de pasiva, de reactiva y de punto en la diana. Ya es suficiente, Laura, ya es suficiente.

Me quiero viajar por dentro. Descubrir mis sitios inéditos. Me quiero sin mapa ni regla que seguir. Regalarme un recuerdo bonito. Me anhelo relajar al abrigo de mis valías. Me deseo sin planes que cumplir, regodeándome en mis invenciones, mi pelo y mi habilidad para leer a oscuras. Escoger ante los acontecimientos una oportuna actitud. Me quiero andar feliz y dichosa en mis erráticos paseos. Me voy a dejar sorprender totalmente confiada.

Y cuando ya creo que me lo conozco y nada nuevo ha de acontecer en este viaje… encontrarte y encontrarme en ti.

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