Los aprendizajes indirectos

Salí feliz de un Taller de 3 días sobre Técnicas de Oratoria que impartí en la Facultad de Derecho de la Universidad de Alicante. Los alumnos que se quedan para hablar contigo hasta el final, suelen ser aquellos a los que más les ha gustado el curso y claro, tras el esfuerzo de 4 horas escuchando exposiciones y tomando notas para trasladarle mi feedback, que te “regalen los oídos” nunca sienta mal.

Lo fantástico es que la felicidad todavía me dura hoy, y no por la aceptación o lo que me trasladaran sobre si les gusté más o menos, sino por lo que escribieron en la encuesta de calidad sobre lo que habían aprendido. Era un grupo numeroso (32 personas) como para hacer un  Taller personalizado, así que me propuse acercarme a cada uno de ellos lo más posible con el fin de que participaran todos. Y cuando digo todos, digo todos. Hasta 3 veces tuvieron ocasión durante el Taller, de salir a exponer y ninguno rehusó hacerlo. Esto ya fue lo que más me fascinó, pues os puedo asegurar, que aproximadamente un 10% de ellos tenía graves dificultades para tan siquiera presentarse ante un grupo de gente.

Y por supuesto, pasó lo que muchas veces compruebo: a quienes más le cuesta, más empeño ponen y más pasión demuestran. Incluso hubo un alumno que me cautivó con su historia sobre sus limitaciones para hablar en público y sentado desde una silla su discurso captó toda la atención emocionándonos con sus sinceras palabras. Nunca sabemos todo el potencial que llevamos dentro para comunicarnos ante desconocidos, hasta que no nos subimos a un escenario. Pero claro, ese es el paso que nunca damos y si este tipo de Talleres sirve para algo, es para tener al menos esa oportunidad para descubrirnos. Así que me quito el sombrero ante estos chavales (la mayoría para mí por edad, así lo eran) que vencieron sus barreras, no sólo en la exposición final, sino hasta dos veces más que se ofrecían voluntarios para ir saliendo en cada prueba que les planteé.

Una de las cosas que más resaltan es el ambiente que se creó, la participación en clase y lo que pudieron rescatar de las intervenciones de sus compañeros. Y esto último sí es un beneficio de los cursos de asistencia numerosa. Casi nadie piensa que va a aprender de los que vienen como ellos, como si todo se lo fuera a aportar el formador. Ni mucho menos, no sólo no aportan los demás, también nosotros mismos ofrecemos conocimiento, habilidades y experiencias que no ponemos en valor hasta que nos damos cuenta que los otros no las poseen y sí las aprecian. Por cierto, un inciso, ayer las “reinas” en aportar conocimiento fueron unas alumnas de Ciencias que nos explicaron para mundanos del Derecho, cómo una mágica proporción y una superficie matemática, conviven con nosotros: el número aúreo y la Banda de Moebius. Me entraron unas ganas de matricularme otra vez en la Universidad…

Pero en definitiva, más de dos tercios resaltaban que habían aprendido sobre ellos mismos como personas y eso es realmente el objetivo que me planteo en todos mis cursos, sea del tema que sea. Sin al menos un “ahora me doy cuenta de que…”, sin al menos una enseñanza sobre un aspecto propio, ninguna formación vale la pena por muchos datos, trucos, claves, herramientas, procedimientos, experiencias ajenas y demás que nos muestren.

Y ya de colofón, ¿cómo te sentirías si después de una clase que impartieras lees esto?:

Me ha aportado mucha seguridad, entusiasmo y querer superarme en mis miedos

Me ha ayudado a ver que si quiero hacer algo puedo y no debo de sentirme inferior o menospreciarme porque todos tenemos capacidad

En adelante supongo que me preguntaré y cuestionaré ese pánico escénico para el que no hay respuesta, porque no hay motivos

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