Lo que el arte esconde en mi taller

La dejé pasar a mi estudio. Ella dijo que entró, así como suena, es lo que puso en su artículo, pero lo cierto es que la dejé pasar por hartazgo. Me estuvo llamando durante dos meses todos los puñeteros días. A ver, ¿cómo ha de interpretar una persona un no? Ésta por lo visto, es de las que no acepta una negativa y supongo que por ello consigue esas entrevistas tan interesantes que publican en su periódico. Un día, la presidenta de una Comunidad Autónoma, y al otro, el más estúpido de Tik Tok. Reconozco que me tiene enganchada y su insistencia no hacía sino alimentar más mi orgullo y testarudez.

—Que no, Elisa, que no te voy a enseñar mi estudio. Sería como mostrarte las bragas antes de lavarlas. Cuando exponga, te mando una invitación y cinco botellas de Don Perignon.

—¡Serás rancia! —respondía sin perder la risa.

Llegamos a tener cierta complicidad. No siempre se quedaba en un no la conversación, a veces comentábamos su publicación o le proponía entrevistados o ella me pedía opinión o consejo acerca de cosas variopintas.

Era castaña, de ojos grandes y expresivos, mirada lánguida y labios finos. Tenía buen tipo y muy buena conversación. Una lástima que fuera tan entrometida. No le bastó con pasarse un día, no, ella volvió a presentarse de improviso y me volvió a insistir. Podríamos haber llegado a ser amigas y no haberse quedado en una más de mis obras.

No llegué a quererla ni acostarme con ella. Ni siquiera sé si le gustaban las tías. A mí me da igual, son más fáciles de conseguir los tíos, aunque luego mucho más complicados de embalsamar y guardar. Hasta ahora me he apañado bien sola. No me imagino poniendo un anuncio solicitando un auxiliar para una artista escultora de cadáveres.

Ella ha sido la última, me llevará unas semanas terminar su obra. No pude hacer otra cosa, tanto insistió que tuve que volver a dejarla entrar al estudio. Yo le intentaba explicar que todas las obras son amores. Entendería otra cosa, supongo. Yo le hablaba muy claro, que cada una de ellas reflejaba una relación. Ya tenía colocada a la mayoría, me faltaban como cuatro.

Conforme me iba sincerando y le contaba detalles sus ojos, esos grandes y expresivos, pasaron de la risa a la confusión, a la sorpresa, la perturbación y finalmente vi su miedo. No me gustó.

Se me ha estropeado con ella el legado que iba a dejar porque no tuvimos nada y en el resto de obras sí cumplí lo que me propuse. La mayoría amantes furtivos. Era lo mejor. Se puso hecha una loca, qué lástima. Pero bueno, después la besé. Me imaginé que a ella le hubiera encantado y con esto, lo doy por bueno.

El lunes llamaré a mi representante para que Elisa tenga su sitio destacado en el Museo de Arte Moderno de Bilbao. Decía que le tiraba el Norte.

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