Las vueltas… de tuerca

Caigo en el uso de la palabra más manida de estas fechas: vuelta, pero tampoco me olvido de cuesta, rutina, trabajo, proyecto, hastío, renovación y toda una ristra más de desgraciadas o esperanzadoras ideas, según se mire, y no necesariamente por diferentes ojos. Los tengo del mismo tono casi desde que nací, pero unas veces se tornaban hacia el gris como piedras anodinas de un camino empinado por el que no se desea transitar y otras veces se verdecían alegres e impacientes ante lo que iba a acontecer.

Un lunes, un día después de tus vacaciones, un número 1 o 15 no ha de juzgarse a la ligera. El cómo te enfrentes a él es claro síntoma de que algo no funciona o de que vas por el buen sendero. No es siempre por el tiempo pasado, no es a veces por lo que nos depara, tan sólo retomar una actividad que amas, ver a gente con la que sin la excusa de trabajar codo con codo no quedas, basta para que sea un día maravilloso. Mas ¡ay! acordarte de ese folio, un plazo marcado o el atisbo de un gesto puede revolverte hasta la última de las tripas.

Recuerdo de niña que el primer día de cole se me hacía remolón y lo esperaba bien de madrugada para que no se me escapara ni un segundo la grata espera en que Amanda, la conserje, abría sus puertas. Entrábamos a tropel y aunque el mobiliario y los compis de clase fueran los mismos, al menos por dos días, todo me parecía nuevo y extraordinario y a mí, la novedad y el cambio siempre me fascinaba, así como a otros les producía paz y tranquilidad encontrar puntos de referencia conocidos y controlados. Curioso es que preguntado a mis hijos si tienen ganas de volver al colegio, ambos contestan que sí, pero por diferentes razones: uno ansía el reencuentro con sus rutinas, el otro confía en comenzar nuevas actividades que deseaba hacer.

No obstante, cuando retomo la memoria a otra época de mi vida, casi no me reconozco cuando tras un largo período estival regresaba un lunes al trabajo… Jamás pensé que se podía llorar de verdad por esas cosas y cuando me las contaban otros creía que eran maneras exageradas de describir una angustia postvacacional… No me he vuelto a reír después de aquello con ningún chiste sobre el tema, ni siquiera los de Forges… Cuando alguien al imaginar su día siguiente siente como si el patíbulo fuera su destino y arrastra los pies resignado hacia él, debería pararse en seco y decir: ¡basta!

Ese ¡basta! implica dos grandes cosas: pararse la primera, actuar la segunda. Yo me hice una pregunta que me acompaña desde entonces cada vez que me pasa: ¿puedo cambiar las circunstancias? si puedo hacerlo, muevo ficha, aunque sea un paso o dos. Si no puedo cambiarlas, cambio yo. Cambia mi meta, mi percepción, mi actitud, mi motivación, mi lo que sea, con tal de no pudrirme cada día en esa celda llamada… rutina laboral, trabajo alimenticio (término tomado del blog de Andrés Pérez Ortega, Marca Propia) mal ambiente, sobrecarga de tareas, escasez de medios, falta de estímulos, etc.

Lógico es notar cierta melancolía por esos días pasados en grata compañía, diversión, descanso, actividad frenética, resacas y empachos, perdón quise decir deleite de los sentidos, pero una cosa no quita la otra. Donde uno desarrolla su talento, conoce y aprende cosas, sirve a la sociedad y contribuye a mejorar este mundo, o sea, trabaja, no casa bien con esa anterior escena descrita que más parece una pesadilla que una peli de acción. Las tareas que realizamos, tu profesión escogida, la manera de verla, la gente con la que te rodeas, tu actitud, algo, algo de todo eso o todo junto falla.

Es momento de volver, de regresar a ese punto donde todo iba bien y replantearse ¿qué ha cambiado? ¿Qué hace que un lunes no sea un accidente del calendario? ¿qué hace que un día 1, 15 o un 3 de septiembre sea el que guíe mi estado emocional?

Y quizá sea por lo vivido, por el miedo a la posibilidad de revivirlo o por otra causa en la que siquiera me recreo, hago todo lo posible porque mis vueltas sean mejores si caben, hago porque sea un día especial, esperado, ilusionante. Porque me di cuenta, que si nada haces, un día todo ha cambiado y si no lo has conducido tú, serás despojo de la marea.

Un lunes, un día 1, 15 o 3 de septiembre no se tornan de un día fresco de primavera a una gélida noche invernal en un santiamén, no. Hacen faltan más lunes y días en el calendario para que ello suceda. Así que hoy, aquí estoy plantada delante de la puerta esperando a que Amanda la abra para encontrarme todas las novedades cargadas de oportunidades que mi vista alcance. Y si un día no me siento así, le doy una vuelta a la tuerca, tal como ya hice.

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