Las lágrimas, sus causas y sus daños colaterales

Yo las manejo, tú las manejas, ella las maneja, él (…)  ¿y ellos? Las lágrimas son una arma que nunca falla, así lo hemos comprobado muchas veces y a las mujeres nos enseñaron a usarlas, mas no a protegernos de ellas.

Que levante la mano la que las ha empleado alguna vez para conseguir algo en un determinado momento. Por favor, por favor, todas a la vez no, que no me da tiempo a contar…

Se supone que sirven para desahogarnos, para pedir ayuda, para expresar impotencia, rabia, alegría, empatía, tristeza… Pero claro, enseguida le encontramos las otras artes: pedir, manipular, coaccionar, chantajear. No neguemos que son útiles, chicas, que más de una vez ante la falta de argumentos y viendo que perdíamos la batalla, sacamos esa Escarlata O’Hara que todas llevamos dentro. Sin abusar, ¿eh? que luego bien que ella tiraba de la manga de la chaqueta del boy y éste ya estaba más que curado de tretas cuando salía por la puerta en la escena final épica.

Si esta arma ya es de sobra conocida, no tanto y no la sabemos manejar tan bien en su otro filo. Y ahora te pregunto de una manera más sosegada si te acuerdas alguna vez que afloraron en el momento más inoportuno y donde no se correspondía con la emoción que pretendías transmitir.

A mí, así como la risa me aflora a veces cuando no tengo ni la menor ganas de reírme de la situación, las lágrimas, el temblor de barbilla o el nudo en la garganta se apodera de mí en ese momento que más fuerza o determinación me gustaría comunicar. Tan sólo de acordarme de una escena en el trabajo donde uno de mis jefes me abroncaba sin educación ni razón alguna, me vuelve esa rigidez de mandíbula que entrené como único remedio en aquella época para no dejar salir esa debilidad: las lágrimas.

Que conste que no me importa que ante una escena, una mirada de cariño, una historia emotiva, una gran alegría o un acontecimiento doloroso, me salgan a raudales, y es más, no lo considero debilidad, sino fortaleza de carácter por ser capaz de expresar emociones y encontrarme bien por ello por reconocerme humana. Pero cuando no lo deseo, cuando no son oportunas, cuando no quiero dar tanto protagonismo a quien me agrede de esa manera… Y más ¿por qué no decirlo? ante un mundo masculino como el profesional donde ellos ni por asomo entienden esa reacción, entonces todo el esmerado manejo que ponemos en unas ocasiones, aquí nos surge la total inhabilidad.

A eso no nos han enseñado, y tan malo es que a los hombres se les impidiera de niños dejarlas correr cuando son esperadas, buenas y necesarias, como que a nosotras nos hayan dejado manifestarlas sin control porque se nos suponía seres sensiblones y ñoños. Un ejemplo más de lo mal que gestionamos las emociones: o las reprimimos, o enmascaramos a otras o las sacamos al menor estímulo.

Así que me he propuesto como ejercicio de aprendizaje pensar en la última vez que lloré. Qué motivo me impulsó a ello. Qué finalidad perseguía. Bajo qué circunstancias se dieron y qué conseguí con ello. Liberador…

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