Hacia la curación de las heridas emocionales

Una vez que tenemos identificadas las heridas emocionales que prioritariamente padecemos, tenemos varias alternativas de actuación. Hay una que me tienta sobremanera, he de decir, y es ir por ahí metiendo el dedito en la de los demás… Vaaale, lo reconozco, esta la practico con una magnífica excusa, mi profesión de acompañante. O consultora en comunicación. O coach. O entrenadora de inteligencia emocional. O paseante de neuras. O domadora de egos.

Aunque lo que más me gusta es lo que me permite esto sanar la mía. Y supongo que es por ello que llegué a la difícil tarea de domesticar al personaje que más me lleva de cabeza, el ego.

Empecé por el mío. Mira que llevamos juntos unos cuantos años ya, pero no me había sido presentado formalmente hasta que un día me quise parar y notaba como una fuerza invisible pero muy presente tiraba de mí hacia un camino que se me antojaba que no era el válido.

¿Pero quién narices me está empujando? Y cuando no hallé a nadie a mi alrededor a quien culpar, no me quedó otra que mirarme. ¡Y lo pillé! Mi ego es muy coquetón ¿sabes? Se ve que de tal palo, tal astilla. Me moví tan rápido que no le dio tiempo a terminar de arreglarse y lo pillé.

Limándose las uñas que estaba… Se las afilaba para tirarse al cuello de alguna alma cándida que se me acercara justo en ese momento en que sería capaz de entablar una ardua discusión hasta con una sordomuda circunstancia. A veces me da igual que el de enfrente sea una ladrillo o un vecino… Mi querido ego se las ingenia siempre para buscarme variopintas víctimas propiciatorias.

Cuando me canso de carne rancia (conflictos no resueltos, viejas rencillas, reconcomes recurrentes y rencores rumiosos) mi ego me facilita sangre fresca. Una llamada inoportuna de teléfono. Algún profe de mis hijos. Un amor no correspondido. Un casi accidente de tráfico. Una racha de viento inesperada que levanta la falda. La cola más lenta en el súper. Una palabrita dicha que me la guardo en el bolso de las afrentas. Un pelma anónimo…

Debido a mi tacón inquieto, mi ego dispone de un extenso muestreo de cositas para ponerme, por ejemplo, en el papel de traicionera y traicionada, cada dos por tres. No hay día que llegue a casa y mi ego no me colme de aplausos por la majestuosa actuación de mi personaje.

Cuando ya estoy más que cansada del día y a punto de rendirme al sueño, mi querido ego se sienta a los pies de mi cama y con las piernas cruzadas y de nuevo haciéndose la manicura debido a los destrozos que acumula en menos de 24 horas, me felicita por lo bien que yo, su sumisa súbdita, he colaborado en mi propia infelicidad.

Estupendo Laura, así se hace. No vayas, no acudas, no sueñes, no eres capaz de soportar que te digan que no. No sueltes esa relación insana, no vayas por ello a quedarte sin nadie jamás en este inhóspito y solitario mundo. Piensa en pequeño para tu negocio ¿pero dónde vas tú si tienes ese tamaño tan reducido? ¿No ves que tú no tienes responsabilidad de nada y son los demás los que lo montan todo? Si tú no eres más que un títere, una víctima de las circunstancias, una insignificante niñita asustada. O peor aún, una mujer echada ya a perder por el paso del tiempo que se devasta como figura de arena en la intemperie. ¡Protégete de todos y de todo! Y haces bien, hay tantos peligros que no sabes sortear. ¡Oféndete, oféndete! O estarás demostrando que no necesitas su aprobación y eso sería terrible para nuestra supervivencia. Bueno, bueno, no me queda otra que darte una matrícula de honor por tu insistencia en que tú eres la única que tiene la única razón…

Lo fantástico del asunto es que desde que nos presentamos, ya puedo ponerle cara y voz. Mi ego no soy yo. Forma parte de mí, pero tengo más partes. De hecho, la rubia que recuesta la cabeza en la almohada mientras escucha esa voz a pie de su cama, no se pinta las uñas de las manos. Y cuando pienso amorosamente hacia mí tampoco me siento incapaz, inútil, temerosa, necesitada, pobre, perjudicada… tal como a mi ego le gusta verme.

Así que poco a poco, hemos aprendido a convivir mi ego y yo. Al principio me di cuenta que se paseaba con correa tan larga que antes de que yo llegara a los sitios, este ya había ido a inspeccionar y ponerse por delante tipo séquito personal de seguridad. Y claro… ahora me da cierto rubor si me pongo a recordar la multitud de gentes que se habrán topado con él y lo hayan confundido conmigo… En fin, el pasado, pasado está. Intentaré enmendarme en el presente.

Todavía celebro el día que conseguí acallarlo para hablar yo en mi interior. ¡Ostras! ¿Qué ha sido eso? ¡Tengo dos voces! Y como dos recién enamorados entramos en una espiral de conversaciones y diálogos que nos permitió conocernos en mayor profundidad. Lo amo, adoro a mi ego. El roce hace el cariño, lo sé, pero es que le estoy muy agradecida, pues he llegado a ser la que soy hoy con todo lo que eso conlleva, gracias y a pesar de él.

Por su bien en presupuesto de laca de uñas y por el mío en autogobierno, su tamaño se ha reducido. Lo tengo sentado en uno de mis hombros y me cuchichea sus cosas al oído. Hemos llegado a pactos internos y para contentarlo le hago ciertas concesiones, fruto de mi proceso imperfecto de desarrollo personal y gestión emocional:

—Sal, querido, dame la cabeza de este idiota. ¿No has escuchado lo que me ha dicho?
—Laura, mira que luego te vas a arrepentir y me dirás que he sido yo el que me lancé sin tu permiso.
—Que sí, que salgas. Quiero su cabeza. Ya. Con muerte súbita, como me gusta. No más de dos estocadas. En la primera lo atontas y llamas la atención del público acompañante y en la segunda vas directo al cuello para fulminarlo en un ¡chas!
—Ay, me asustas, mi niña. Mira que si salgo me va a dejar las uñas para el arrastre y nos vamos a tener que ir a casa, porque yo así todo salpicado y hecho unos zorros, me niego a seguir la marcha.
—Por una vez que te estoy dando carta blanca…
—Si lo estoy deseando, venga, voy para allá. Apártate que ya me las arreglo con su ego, que me acaba de ver las ganas. Ponte cómoda y disfruta…

Luego recogemos los destrozos, asunciones de consecuencias varias y replegamos posiciones. Pero aún así, la decisión la he tomado desde la consciencia de saber que he dejado a mi ego que campara a sus anchas. Y que sus anchuras son las mías. A veces… Otras ni me entero que era él y me pienso que yo… Es muy escurridizo. Yo creo que se ha hecho con una laca de uñas invisible que le cubre entero.

En otras ocasiones le pongo límites y no muevo ni milímetro, cual adolescente insistente. Noto la tentación de sucumbir, de volver a patrones conocidos. Mi encantadora ciega zona de control. Y como ya sé la que me espera, reúno fuerzas para poner el pie en terrenos desconocidos, a pasitos, y así agrandar mis recursos y mis lugares “casa”.

—¿Lo has visto? Ya estoy preparado para saltar. Cuando quieras…
—No, querido, no te necesito.
—Que sí, que mira lo que está pasando, se está aprovechando de las circunstancias para dejarte a un lado.
—Te agradezco tu advertencia, querido ego, tienes vista de lince. Pero ahora no me hace falta la chaqueta de víctima. Puedo entender que los intereses de…
—Déjate de entendimientos, te está ninguneando y tú le tienes que demostrar quién eres, o te pisará, te aplastará y moriremos los dos.
—Respira, querido, tranquilo, yo sé quien soy. No me ningunea porque no soy alguna, soy Laura y no preciso que el de enfrente me de la vida, porque ya la tengo dada. Sin temor, pediré lo que me corresponde aquí y con educación le diré…
—Ale, bonita, pues tú sola, no cuentes conmigo. Yo hubiera optado por irnos con el rabo entre las piernas y quejarnos mucho, o ponernos hechas unas energúmenas. Pero nada, tú misma, luego no vengas a lamentarte.

Y se enfurruña cruzando exageradamente los brazos y las piernas y mirando a un lado. Justo lo que me deja maniobrar a solas para regresar a conversar con él y hacerle ver que me he podido valer por mi cuenta. Que no voy a prescindir de él, que estará conmigo siempre, pero que mejor, ahora puede descansar y llevar las uñas impolutas.

Y así es como un ego, una vez identificado en su herida, y cada vez más domado, convive en nosotros para dejarnos responder desde unas creencias más racionales y satisfactorias conectadas con nuestro verdadero sentir, y no desde unas reacciones propias de un programa limitante que no busca mi mejora y felicidad, sino tan solo mi aparente supervivencia. Pues a la larga, tantas batallas agrandan cada vez más las heridas hasta matar al ser que habitan.

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