Fabricando sueños…

Se me daba tan bien… Nunca me planteé que fuera ardua tarea. De niña era una auténtica fabricante de sueños: que si escritora de misterios, que si arquitecta de pisos para mi familia, que si bailarina de música combinada, que si profesora de la vida, que si jefa (me daba igual de qué), que si actriz de películas ya rodadas, que si rica sin preocuparme por el origen del dinero, que si bella con los genes que me habían tocado, que si amada por quien yo me enamorara… No había sueño que pasara por el aire que yo no lo cogiera…

Tenía tantos sueños que cuando me iba a la cama, caía rendida por su peso. Mejor dejar escapar alguno… Y así cogía, soltaba, volvía a coger aquél, escapaban tres…

Llegué a creer que yo los hacía, que estarían hasta que yo quisiera y cuando ya no me divirtieran, sería yo quien los dejara… Un día ya no siendo tan niña vino un sueño que yo no llamé, pero se confundió entre el resto. Pasaba desapercibido, como ese anodino personaje que no ha sido invitado a la fiesta, pero tampoco molesta. Como hacía con todos, un día pasando lista con la almohada lo voy a coger para tirarlo y se me escurre.

—Oye, tú, yo no te he fabricado, ¡fuera, largo! —le increpo al tiempo que lo espanto con la mano.

El intruso no responde, no dice nada y se mezcla entre el gentío. Tenía que ocuparme de los demás, así que lo dejé estar. Otro día lo saco, me dije atendiendo al resto.

Viéndose en franca desventaja, el muy ladino llamó a unos conocidos suyos y al tiempo que abría la puerta para dejarlos pasar, invitó a marcharse a unos cuantos auténticos.

—¿Qué hacéis aquí? Me habéis espantado a los míos.

Mas ellos, los intrusos, no contestaban y se fueron a un rincón… No molestan mucho, me decía mientras no les quitaba ojo. Me llamaba la atención que todos fueran diferentes pero muy iguales. Lo cierto es que me entretenían y mientras más pendientes estaba de ellos, más parecían reproducirse y los míos menguar… La desventaja cedía por días. Así que yendo detrás de ellos para vigilarlos constantemente, al final ya casi no cabía ninguno de los que yo fabricaba.

Me estaban estorbando más de la cuenta, era necesario hacer algo urgente.

—¿Por qué estáis aquí? Yo no os quiero ¡largaos!

Imaginé que no protestarían, pero tres se vinieron a encararse conmigo. Se parecían tanto entre ellos, que ya no distinguía quién fue el primero que se coló y casi al unísono me respondieron:

—No puedes tirarnos, no te cuesta nada cumplirnos y luego vuelves a por los tuyos.

—¿Y cuánto tardaría con vosotros?

—Lo justo como para que todos estén contentos. Ensaya con nosotros, cúmplenos, verás que consigues ser lo que tú querías, lo que todos quieren… pero bien hecho.

—Yo no sé si os quiero —me digo meditabunda.

—A nosotros nos puedes desvelar en voz alta, no hay problema, todo el mundo te va a entender.

Como yo seguía pensativa, aprovecharon ese momento para proseguir en sus ruegos uno tras otro sin dejarme turno de respuesta:

—¿Qué querías decir con escritora de misterios? ¿No te das cuenta que ese género está ya muy trillado? Hay escritores muy buenos, jamás llegarás.

—¿Y lo de arquitecta de pisos? Venga, será una broma ¿verdad? ¿Acaso no te recordamos constantemente que lo tuyo no son las matemáticas?

—¿No nos dirás que lo de bailarina o actriz? Ja ja ja ¿a dónde vas? Rica y guapa, dice, ja ja ja ¡qué niña tan graciosa! Eso lo quieren todas ¿por qué te los iban a cumplir a ti? ¿acaso no te has visto? Venga, ¿tú para qué quieres eso? ja ja ja

Me empezaba a chafar del todo… tenían razón… Me tendré que conformar con algo que me propongan. Más… más… más realista y útil ¿no? Y cuando ya me tenían convencida, uno de ellos pronunció su sentencia de muerte:

—Y por supuesto olvídate de ser amada por quien tú te enamores.

—¡Ah, eso sí que no! ¡Por ahí no paso! —exclamé toda resuelta.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntaron en tono de burla.

Pues me voy a enamorar de mí misma, me voy a querer mucho, mucho y así siempre alguien me amará. ¿Sabéis? me encantaban mis sueños, eran bonitos, cada uno era diferente y llenaban los espacios con su color. No como vosotros que no os distingo, me parecéis todos iguales, todos grises. Los míos me hacían dormir a gusto y cuando me despertaba por la mañana alguno se venía conmigo a clase, o a mis exámenes de piano, o se sentaba a mi lado para pasarme las hojas del libro de Agatha Christie que yo mecanografiaba para aprender de crímenes, o me mesaba los cabellos mientras me acicalaba frente al espejo. Hasta hubo uno que, para infundirme valor, me acompañó a despedir a un noviete que no se merecía la chavala de la que me voy a enamorar…

No me di cuenta, pero conforme hablaba se iban marchando y al final me quedó de público mis preciados sueños. ¡Cuánto los eché de menos!

—No lo volveré a hacer, no dejaré que entren intrusos, perdonadme, perdonadme, os cuidaré, os prometo que os cuidaré siempre.

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