El traicionado

Me paso la vida aparentado ser fuerte y sin embargo, me hago cada vez más daño. Rehúyo tanto el compromiso, por temor a no ser fiel a mí mismo, que cada dos por tres me doy de bruces con personas que me fallan, que no se quedan, que varían su parecer, que me mienten, que me abandonan.

Y así esta herida emocional suele tapar o acompañar a la herida de abandono ( https://laurasegoviamiranda.com/el-abandonado/) de la que detesto tanto que sea tan dependiente de los demás… que no me doy cuenta que aquello que más rechazo es aquello que más me posee. Pues estar separado, negado o disociado, en el fondo es lo que más me aterra. Si no fuera así ¿a qué andar constantemente reclamando reconocimiento?

Voy por ahí exhibiendo mis virtudes, mis razones, mis habilidades, mi éxitos, mis grandezas… y me siento chiquito y casi en un ¡ay! si no me miras. Para impresionarte y hacerte ver que soy fuerte, potente, responsable, confiable, que puedo protegerte, que te cuidaré, mi cuerpo como mujer se hará ostentoso en mis caderas y muslos. Tendré forma de pera. Como hombre mi pecho sobresaldrá de mi pelvis, tendré forma de triángulo invertido, mis hombros anchos y vigorosos, te indicarán que puedo abarcarte toda. Y si se me redondea el vientre, aunque por detrás no se me verá grueso, te indicaré que me gusta que me trates como a un niño, que así espero tu amor: ya, ahora, con muestras constantes y de esta concreta manera.

Y es que los traicionados arrastramos nuestros complejos de Edipo con las personas del sexo contrario. Por eso tenemos una mirada intensa y seductora. Todo lo pasamos por ese tamiz. Que no necesariamente una seducción en el terreno amoroso o sexual, sino simplemente nuestra forma de relacionarnos.

Muy compleja, por otra parte, pues pasaré del más dulce bálsamo para conseguir mis fines, a la más colérica imposición. Y todo por temor a perder el control. Pierdo el control por temor a perderlo… ¿Y si no estoy atento? Me sentiré estafado… como cuando era niño y me prometías lo que luego no cumplías. Me engatusabas en tu provecho haciéndome creer que era por mi bien. Aunque me plegara a todas tus exigencias, no obtenía tu beneplácito. No me prestabas atención ni me dedicabas tu tiempo. Te sentía como madre/padre mentiroso, irresponsable… Perdí mi confianza en ti.

Pero yo la supliré porque me rebelé. Demostraré a todos como yo sí puedo cumplir aquello que exijo con muchas más creces a los demás, por supuesto. Te tendré en un pedestal para que no me duela tanto, como estrella inalcanzable que no desciende a iluminarme, y así, me pongo cada vez más retos, y para lograrlos aprendí a manipular, a dirigir, a salirme con la mía, a dominar… para que no me falles. A adelantarme… para que no me apartes. A anularte… para que siempre me necesites. A protegerte… para que no me abandones.

Mi bandera es mi independencia, mi autonomía, mi rapidez, mi capacidad de hacer varias cosas al tiempo con talento y energía y… y mi hambre de medallas, mi necesidad de contacto, mi impaciencia, mi precipitación y mi indisciplina.

Seré capaz de comer de pie, engullendo, incluso cantidades ingentes que mi cuerpo ni asimila y si me atenaza la culpa por mis ataques de soberbia… engordaré. Y pese a ello seguiré manteniendo un buen porte y ni un ápice me limitará a seguir con mi veloz movimiento, molestándome sobremanera los lentos y los que traen consigo imprevistos y cambios de planes.

Y aunque mil veces te dijera “lo sabía”, no era cierto. Y te miento para no mostrar que no te tuve en cuenta, que no cumplí mi parte, que no fui cuidadoso, que se me pasó por alto, que te traicioné, que me traicioné a mí mismo. No podría reconocer que te hago lo mismo que tanto me hace sufrir, ni siquiera puedo verlo porque me cegaría de dolor. Y yo soy invencible, fuerte y duro ¿te acuerdas? Me ha llevado tiempo y lágrimas construir esta coraza como para dejar que cualquier cosa la destruya.

En cuanto me paso de rosca protegiendo, acaparando, apabullando, me perciben como autoritario, exigente, insensible. Si yo tan solo quería formar parte de tu vida, unirme a tu ser… ¿Es que no ves que tendrías que hacer lo que bien digo y no lo que mal hago?

Mi imagen será potente, vestiré colores llamativos, atraeré la atención allá a donde vaya. Cuando hablo en voz alta en una conversación privada es porque en verdad estoy hablando para más personas que puedan salirse del redil. Me encanta sentirme especial, importante. Puedo resultar invasivo, irrespetuoso con tus límites, transgresor con tu confianza. Yo te controlo porque quiero alcanzarte, fundirme en ti. Aquí estoy, mamá/papá, mírame. ¿Todavía no te has dado cuenta de lo que soy capaz?

Pues entonces haré más alardes de mis proezas, dejándome la piel trabajando como el que más, comprando amistades con adulaciones y regalos, ligando a trote y moche sin la más mínima intención de consumar las presas, disertando de temas profusamente estudiados para epatar. Y aunque parezca un sobre esfuerzo, no me lleva ni tres pestañeos.

¿Y qué puedo hacer? Pues aprovechar mi habilidad como líder para servir de ejemplo sin imponerme y dejar a los demás que se desarrollen; mi habilidad para hablar en público para ayudar y no para mostrar mi inexistente superioridad. Admitir mi vulnerabilidad, mis errores, mi sensibilidad. Admirar en los demás su talento sin compararme ni sentirme débil. Ser encantador por amabilidad y no seductor para controlar.

Desde el otro lado del muro en el que un día me refugié, hoy abro mi corazón para aprender a soltar… a dejarme fluir… a envolverme de confianza… a serme fiel aunque me quede solo… a mostrarme humano…

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