El orgullo de ser peatón en un paso de cebra

Pocas glorias conozco que sean tan reconocibles como esa de pisar la alfombra cebrada y parar al mundo.

Se presenta uno indefenso, a pie, sin caballo ni armadura. Miras a un lado y a otro y máquinas infernales de pesos, grosores, materiales, ruidos y aspectos tenebrosos corren a gran velocidad. Todo se mueve de un lado a otro, casi sin guardar distancia o tiempo a la reacción.

Tal como nos encontramos, nuestra vulnerabilidad se hace más que patente. Si no fuera porque el caos está reglado, no tendríamos cabida en este ambiente hostil. No hay más suavidad ni blandura semejante a nuestra condición de peatón que las nubes que miran desde arriba.

La agresividad, la pre-potencia y el egoísmo no se observan en dientes, gestos o disfrazados impulsos, no. Está en el metal y en el aire que grita dominios absolutos. Reivindica preferencias incuestionables. Avisa cual matón de obvias advertencias. El mismo aire que conforma climas de prohibiciones injustas y oportunidades cazadas al vuelo.

Y si por un casual te rozas o chocas, el metal, la piedra, el cristal, el fuego y sus diversas manifestaciones te recuerda que eres delicado, templado, acuoso y pequeñito.

No ha cambiado la ley del más fuerte, pero sí la ley de a qué llamamos fuerza.

Uno va descalzo por la acera del atlas, casi desnudo ante la inclemencia del espacio ocupado, desprovisto de escudos contra golpes tecnológicamente avanzados. Sería imposible plantar y ganar batalla. No queda más recurso que la espera, la paciencia, la sumisión, la invasión aceptada.

Absurdamente nosotros hemos creado a estos, nuestros destructores y amenazantes enemigos. Incluso algunos prueban sus mandos y llegan a olvidar que antes de estar subidos a ellos… vienen de caminar.

Todo a nuestro alrededor nos lo hicimos egoístamente nuestro, apresamos y depredamos todas las materias naturales. Podríamos haberlo creado hermoso, pacífico, inofensivo… Pero no, decidimos forjarlos casi en blanco y negro. Con gris, con metal punzante, talando madera, maquillando de brillos y arcoiris unos dibujos fieros e impactantes.

No es tiempo de lamentaciones. Si te encuentras a pie, si tu pecho deja al descubierto tu ligera carcasa y asomas a la encrucijada de urgencias y necesidades, pues te esperas… te sometes… Si hay luces, estás salvado: tu escaso turno te llegará. No lo dudes, ellos lo atravesarían, te pisarían, pero un color… un color de invento humano para estas ocasiones te favorece. Tienes la bendición, tienes un derecho muy temporal y cortito. Aprovecha, luego no habrá clemencia.

Que esto es un sitio para la convivencia casi todos lo saben, pero casi nadie lo entiende.

Mas no siempre el color dibuja escenarios. Aunque no haya impedimentos, vallas, ni muros, ni obstáculos, un rotundo instinto te detiene. Eso está para ellos. Eso se reserva para nuestras mortíferas creaciones. Tú eres débil, calentito, sanguinolento y menudo; protégete.

De vez en cuando alguien se acordó que para tender un puente a la otra orilla no era posible exigir la heroicidad diaria, y de allí surgió el paso de cebra. Ahora tenemos un preciado salvaconducto. Un instante de lucidez que detiene la impetuosa carrera. Tiene sus códigos propios, no obstante. De igual categoría que el color, pero de diferente intensidad.

Ni siempre, ni para todos los sujetos, ni objetivamente ni con la misma disposición… Es un depende. Está claro que es un absoluto derecho, mas has de ganártelo. A veces con riesgo, a veces con perdón y otras con un agradecimiento reverenciado. No debiera…

Pero toda una ciencia desarrollada, toda una inmensa producción, toda una industria, todo nuestro actual sistema económico, todo un arsenal de tecnología, todas las miradas, los ingenios, inventos y dineros se paran. Pareciera que por ese momento, delante de ti y por tu sola razón y causa se detiene el progreso para que tú prosigas. Igual la desventaja numérica es caprichosa y treinta se rinden a uno… Da lo mismo, tan indiscutiblemente absurdo era antes como ahora.

Y cuando ocurre, es inevitable esa sensación, esa emoción y ese convencimiento de que cuando caminas sobre un paso de cebra es uno de los más gratificantes logros del ser humano. Sobre sí mismo. Sobre sus atropellos. Sobre su inhumanidad. Pocos gozos son comparables al que halla en el devenir de su destino este arcaico y mantenido privilegio: el paso. Lo tenemos ahí, a la vuelta de la esquina, a pie de calle.

El lento y decidido paso que avanza, impera sobre la rápida marcha que transporta.

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