El nacimiento de un río

Parece que el agua siempre discurre por el mismo sitio, pero basta un instante para que modifique su trayecto. La gota va lenta, se deshace antes de alcanzar nuevo territorio y cuando va a desaparecer… otra le seguía. Continúa porque nada le estorba, todo es nuevo, sin marcas ni direcciones y encuentra nuevas cadencias.

—Hola, encantado de conocerte.

Su inicial alegría y curiosidad despiertan al resto que, contagiadas, se unen formando un pequeño pero ágil hilo que a ojos cerrados se lanzan juntas. Se mueven rápidas y voraces por la pendiente que han descubierto, mas todavía conservan la discreción de ser pocas y pasar desapercibidas ante ignorantes testigos.

—Hola de nuevo, ¿cómo sigues?

Es extraño cómo algo que inicia se transforma en costumbre y ya ninguna gota duda de cuál es su camino, todas siguen y siguen el sendero creado. No hay otro destino ya posible, se ha hecho uno nuevo que crece por momentos y allana tierra a su paso y mueve las piedras que hacen falta para asentar su cauce.

—Hola, esperaba ansioso tus palabras…

Ahora el suave murmullo tiene música propia y si metes la mano separas su caudal, para enseguida bordear la silueta y volverse a juntar. Ya nada detiene su marcha, porque al ir haciendo el surco, lo hizo a su propia medida. Allí arriba, de donde empezó, no saben cómo esa fuerza arrastra una tras otra cualquier gota que encuentra a su paso, aunque lo cierto es que no se duda de que no existe más destino que el escogido.

—Hola, bienvenido a mi vida.

El torrente avanza desbordado, toda humedad de alrededor se concentra en ese punto dominando a la montaña, doblegando su marcha, su intensidad y su profundidad. Ahora no son gotas, no son hilos, ni tan siquiera agua que pasa, es un río. Se ha convertido en fuerza, en alimento, en calmante de sed, en juego, en… en río. Uno de tantos, uno de muchos, que pese a ser diferente, es igual a otros que por allí moraron.

—Hola, ya no existe el adiós.

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