Cuando me pierdo

Qué sensación se me quedó grabada… Recuerdo una vez que me perdí de niña, alrededor de los 6 años. Lo cierto es que no recuerdo más veces. Claro, que resultaría poco probable que una chiquilla asustadiza y tímida que literalmente andaba pegada a las faldas de mami, se despistara. Creo que me bastó esa para dejarme tal impronta.

Tuvo que ser precisamente un día que nos fuimos de excursión con más personas. ¿Mis tíos? Puede… Veníamos de visitar un gran parque, que hoy diría que era Elche, pero vaya a saber usted, porque los recuerdos no son ciertos, son recreaciones y no tengo la más mínima intención de contrastar su veracidad, me da lo mismo, yo lo viví así. Quizá mis padres lo recreen de otra manera, o ni siquiera se dieran cuenta. O borraran esa anécdota.

El caso es que fue una experiencia aterradora. Y no lo era tanto porque yo no los viera o no los encontrara, era porque podían no encontrarme ellos. Decidí quedarme allí quieta donde me di cuenta de que estaba yo solita. Me subió desde el estómago una angustia que casi me impedía respirar hasta paralizarme en aquella acera con un muro de piedra bajo a mi derecha y una fila de coches aparcados.

¿Y si no me encuentran? ¿Y si no han notado mi ausencia? ¿Y si no vienen a buscarme?

Yo me sabía incapaz de volver a casa. Ni la más remota idea del camino a mi hogar. Y ya revisando mis puntos de referencia me acordé del nombre de mi colegio y desde allí ¡yo podría volver! Apenas se me iluminó el rostro con mi genial idea, pues entonces me vino un gran enfado…

Unos padres que no se han dado cuenta de que estoy en esta situación… Los imaginaba riéndose y charlando animadamente por el camino despreocupados de mí y de mi destino. No merecían encontrar aquello que habían perdido. ¡Pero si soy yo! ¡A mí, a mí interesa!

Pero yo estaba más que ofuscada ahora en mi enojo hacia los culpables de mi extravío. Si me había perdido era por ellos, tendrían que haber cuidado de mí. Tendrían que recibir un justo castigo y ese castigo pasaba por no encontrarme. Así lo lamentarían seguro. Ahora no, ahora estaban charlando con otros mayores y precisamente por no hacerme el caso que debieran de prestarme, me encontraba yo en esas, pero luego sufrirían al menos como yo lo estaba haciendo.

Mis delirios infantiles de pánico, victimismo y venganza se dispararon de tal manera que se me nublaba casi la vista. Como último intento de regresar a mi protegido lugar se me ocurrió ir a buscar entre los coches a ver si distinguía el de mis padres y todavía incrementé más mi angustia.

Una mano por detrás, agarró la mía con fuerza. ¡No corras tanto que te vas a perder!

Fue tan grande el alivio que noté, que no dije nada de lo que me había pasado. Todavía me duraba el gran enfado. Ellos eran los únicos proveedores de mi bienestar, de mi miedo, de mi ira, de mi alivio… Y me enrabié aún más.

Me sentía un títere, un ser muy dependiente. Mientras era felicidad, resultaba estupendo. Pero me vino las veces que quise un caprichoso abrazo, una tarde de juegos, unos oídos solo para mí, un bocadillo a tiempo, una risa sin fin… y yo sola no podría. Me tocará ser mi madre e hija al mismo tiempo.

Me metí en el coche de vuelta de la excursión todavía alterada. Yo que siempre me dormía en los trayectos, no podía cerrar los ojos ni para parpadear. Tenía un botón… No conseguí llorar ese miedo, desasosiego, impotencia, certeza, desilusión, consuelo.

He de reconocer que este y otros hechos me hicieron dar un click que cambió por completo mi carácter. La nenita del patio de una única amiga se hizo una niña muy sociable. Mandona, salvadora, batallera, echada para adelante, protectora, justiciera… Pero yo seguía siendo también sensible, reservada, apocada, ingenua, callada, cobarde, fiel…

El otro día en un grupo hicimos una representación de vivencias emocionales (psicodrama) y me tocó desempeñar el papel de una hija frente a una madre. Y no pude… Sentí una lástima infinita por esa madre inocente a la que le había volcado la “todopoderosidad” y sin querer, le arrebaté su papel para consolarla. Ser hija era aún peor…

Todavía cuando me pierdo, espero una mano que me agarre con fuerza. Y me acuerdo que tengo otra mía…

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