El reproche de los felices valientes

No sé si es falta de sensibilidad, temor enmascarado o bendita ignorancia, pero observo mucho reproche de los felices valientes a los infelices cobardes.

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¿Nadie se ha parado a pensar que algo de valentía encierra quien, a sabiendas de que no es feliz, permanece? De alguna forma ha de sacar un mecanismo de coraje resistente: esto sé que no me hace feliz, pero aquí estoy yo soportándolo con tal de no ir en pro de mi estupenda felicidad.

¿Qué me limita? ¿mi estupidez? ¿mi desesperación? ¿mi incapacidad? ¿mi hábito de sufrimiento? ¿mis otros miedos? ¿mi inconsciente conducta? ¿mi perpetua desesperanza aprendida? ¿mi baja estima? ¿mi dependencia? ¿mi actual estado de necesidad básica? ¡Vaya usted a saber!

Y digo yo… venga valiente ¿de dónde no te vas? ¿qué no abandonas? ¿qué no dejas marchar? ¿a dónde sabes que tienes que ir y no vas? La observación y el análisis ajeno nos desenfoca la mirada interior.

En el fondo quien lanza esos mensajes a los cobardes es tan cobarde como ellos. Nos aterra, nos moriríamos de pavor si no viésemos esperanza. Por eso nos gustan tanto las historias de éxito, de superación, de logro y de resiliencia. Necesitamos modelos y guías que nos confirmen que si pongo un pie por delante es que además de abismo hay suelo firme.

Encima somos seres que nos contagiamos las emociones y los estados anímicos, así que mejor nos pegamos a quien nos sonríe, a quien nos estimula el placer y no el dolor. Para soportar desgracias, fallos y errores ya me tengo yo solito. Así que escucho y leo a los que, aunque las pasaran putas, salieron. No encuentro un maldito libro de autoayuda que hable desde el error. ¿A toro pasado? los que quieras… Hasta los diarios de momentos míseros terminan en la última página con el logro. Por cada historia con final feliz hay cientos que siguen esperando para ser contadas.

Sólo la industria del cine, la pintura, la escultura, la literatura y la música se enfrentan a la oscuridad sin intención de solución. Sólo el arte es capaz de recrearse en ese mundo para que tú mires de frente y no de lado y rapidito. ¿Cómo puede ayudarte algo si no te detienes? Ya basta de escapar y negarlo.

Ser valiente no es construir castillos de felicidad en alto mientras en la mazmorra encierro lo que me es desagradable

En ambas conductas existe dolor: permanecer y moverte. Eso sí, parece que a medio o largo plazo el movimiento nos lleva al cambio y al menos nos desplaza desde ese punto de infelicidad hacia otro. Y si tenemos la suerte de haberlo hecho con conciencia, nos encamina hacia el estado deseado.

Ser valiente no es un don, es una actitud. A veces entrenada y a veces de temperamento. No creo que la cobardía se combata con reproche, y menos cuando hay quien se espanta de una simple pulga y otros juegan con ellas a carreras. Hay quien en el cambio se estrella a la velocidad de la luz y quien en su resistencia a moverse libra batallas perdidas. ¿Y? ¿Qué se pretende con esos mensajes de ensalzamiento del éxito y desprecio por quien no lo consigue? ¿Que reaccionen?

Venga, levántate de tu inmundo lugar. No sirves ni de ejemplo, ni tu historia es digna de ser contada pese a que la vivan igual millones y millones de personas. Sólo vamos a venerar a unos pocos y con una sola acción. Cobarde, que no sales ni dándote un puntapié. No quieres ser feliz, cobarde. Mírame, mira a los demás valientes que estupendos salimos en las fotos. Estamos radiantes, también lo pasamos mal, pero decidimos cambiar. Tú es que no quieres, eres un cobarde que prefieres quedarte sufriendo.

Me ha salido un poquito duro ¿verdad? pero más o menos es lo mismo. Si ni siquiera sabes ayudar a alguien a empoderarse para que sea capaz de sentir que merece, que puede, que desea y cómo actuar para buscar su felicidad ¿para qué te metes?

Todas esas miles de cosas que no cambias, desde tu pastilla de jabón hasta la política internacional, están en tu mano. Tan sólo depende del tamaño de tu miedo y cobardía para no afrontarlo. Puedes ponerte muy gallito para cambiar una conducta, una relación afectiva, una profesión o un estilo de vida… pero te puedes arrugar y venir abajo para cambiar un paradigma social, un criterio intercultural o un tratado universal. Incluso las leyes divinas…

Entonces es una cuestión de medida, de foco, de visión, de magnitud. No es algo absoluto, cerrado o encasillado esto de la valentía. Todo dependerá de cuan insignificante, indigno o incapaz te pienses y te sientas. Y no creo que con el simple reproche vayas a cambiar. Yo no lo he hecho ¿y tú?

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