La culpa y sus formas

Cada uno lleva a su manera los duelos de separaciones y divorcios, pero la culpa, de una forma u otra, aparece. Tiene unos disfraces muy chulos y no es fácil identificarla. Venimos, la gran mayoría de los lectores a los que me dirijo, de una cultura judeo cristiana donde, incluso antes de nacer, ya pagamos deudas ajenas y por nuestra culpa, nuestra grandísima culpa. Así que el gran reto del ser humano del Siglo XXI será perdonar y perdonarse para poder vivir en paz consigo y con los demás. La culpa es el alimento del ego que siempre, siempre, siempre, siempre, busca castigo.

Identifiqué mi culpa, creo que desde el minuto cero y caía sobre mí como una gran losa pesada. Buscar la felicidad propia y a la larga, la de las personas que amas, está penado en nuestra sociedad. Parece que si no te pegan, no te ponen los cuernos o no tienes una convivencia de infierno, lo de divorciarte es una excentricidad propio de personas caprichosas o atolondradas. Así que se ve que llevaba en mi ADN que debía pagar por la osadía que escapa de los cauces comunes y pronto la culpa y el remordimiento acecharon.

Los divorciados somos blanco fácil para las trampas del ego, en cuanto comienzan los duros momentos y sobre todo si tienes hijos y tu vida cambia de decorado inmediatamente la culpa, la venganza, la queja, el vacío, la victimización, el verduguismo, se muda contigo, toma el mando de la tele y en cuanto te despistas, ya tiene el mejor asiento del sofá y los pies en alto. Disculpa, voy a cenar con mi bandeja ¿me dejas pasar? Y el sentimiento de mal rollo mira de reojo lo que has dispuesto. En algunos casos, te manda de vuelta al frigo para que te aprovisiones de comida basura y dulces, o bien te aprieta fuerte las tripas para que no te pase ni el agua. Duda entre dejarte que llames la atención sobre ti dándote más volumen cada día, o que desaparezcas del mundo reduciendo tu espacio en éste.

En mi caso, fue la culpa la que se cebó en dolor. No había semana que no me cortara con los cuchillos en la cocina. A mí me relaja cocinar y estimula mi creatividad, pero aquellos días mantenía diálogos destructivos en toda actividad manual que me propusiera, de manera que principalmente las verduras fueron testigos a diario de escenas gore. Una venda por aquí, una tirita por allá, agua oxigenada por aquí, mercromina por allá… Nada especialmente relevante, pero los gatos se apartaban a mi paso por si acaso daba mal fario.

Hasta que llegó una tarde que me pilló con mi hija mayor en casa y con el cuchillo del pan de aliado, la mitad de la carne de la punta de mi dedo índice izquierdo comenzó su independencia. Aquello parecía más serio que otras veces y no cesaba de salir la sangre. Me apreté aquel trocito de colgajo en un intento de que se volviera a pegar y agarrando lo primero que alcancé, papel de cocina, me hice un atillo provisional. Con mi hija asustada, cogí como pude el coche rumbo a urgencias del hospital que tenía muy cercano. Me hicieron esperar bastante rato, pero al menos ya estaba allí y sobre ese bendaje, poníamos más. Con suerte se regeneraría, pensé. Mi obsesión era no quedarme sin yema. Ya no toco el piano, pero no se me olvida esa precaución de preservar correctamente todo el tacto.

Yo estaba tranquila, pero mi hija estaba muy preocupada, eso de tanta sangre, que su madre fuera a la que auxiliaran y alguna mueca de dolor que no podía contenerme, hacía que me siguiera por el hospital a cada paso como un cachorrillo desorientado. Uno de los enfermeros, médicos, auxiliares o lo que sea, la paró y le dijo que no podía entrar a la sala conmigo. Era mucho antes de la pandemia, la habitación era grande, no iban a operarme ni nada, tan solo a hacerme una cura y no molestaba, pero le gritó que se quedara fuera. Está asustada, le dije, es una niña, si la deja entrar… Si insiste, se va usted también, me increpó. Mi hija se quedó tras la puerta de pie rígida y llorosa e inmediatamente aquel personaje me agarró la muñeca, me arrancó el papel pegado a mi dedo mientras abría un grifo enorme, y metió mi mano bajo el chorro a toda presión. No me desmayé del dolor, de la brusquedad y de la sorpresa por vergüenza torera y por mi hija, que me estaba esperando al otro lado de la puerta.

Volví a casa con el dedo envuelto y con unos pinchazos que no se me fueron ni en días. Aquello me dolía a rabiar. No podía escribir en el ordenador bien, al menos me sirvió para aprender la mecanografía que se gastan hoy día, tecla a tecla. Al ver que no mejoraba y que por las noches me despertaba sintiendo como si el dedo tuviera un corazón propio en carne viva, me decidí a ir a mi centro de salud. Con lo que a mí me gustaba quejarme de pequeña… y ahora me daba apuro volver por un corte en un dedo.

Cuando llegó mi turno, temía sufrir otra vez, pero el enfermero tomó mi mano con delicadeza, con una botella con suero esperó a que la gasa se amparara bien para desenvolverse sola a cada vuelta. Le dije que me asombraba que hiciera eso y comencé a relatarle cómo me habían arrancado el papel cuando me curaron el corte. Al ver la herida, me preguntó quién me había hecho eso. Me temblaba la voz relatando los hechos porque no había sido consciente hasta entonces de reconocer un mal trato sobre mi persona. El enfermero se paró, tomando mi mano entre las suyas me miró a los ojos y me dijo: No se merece eso. Nadie se merece ese dolor innecesario.

Siguió con el adecuado tratamiento, porque me informó que no me habían desinfectado bien, tenía por lo visto un corte en bies y requería de una crema cicatrizante y una cura cada dos días, etc. Y mientras él hablaba, me corrían dos lagrimones silenciosos por la cara que aliviaban mi sufrimiento y temperaban mi espíritu. Sus palabras me resonaban tanto, que no podía parar la emoción que se había despertado en mí. No me merecía ese dolor, nadie se lo merecía, incluso yo no me lo merecía…

En ese momento caí en la cuenta de que de manera inconsciente me estaba castigando por la culpa que sentía. Una culpa irracional, una culpa programada, una culpa inútil, innecesaria, cruel y dolorosa. Desde ese día ya no me he vuelto a cortar de manera asidua, y ni mucho menos tan profunda y cuando esporádicamente noto el filo del cuchillo, me reviso mis pensamientos e intento perdonarme. Me cuesta perdonarme por haber consentido, por haberme equivocado, por priorizarme, por no haberme priorizado, por haber hecho, por estar pasiva…

Lo cierto es que no escogí causarle daño a nadie. No soy responsable de las emociones de los demás. No soy responsable de la felicidad de nadie. Siendo yo, seré para los demás. Tan solo soy una mujer, una madre, una divorciada, una persona que vive su vida conforme sus valores, encontrándose en el camino. No hay culpas, no hay mandatos. Yo soy mi propia juez. Esta es una de las grandes lecciones que me trajo el divorcio y que sigo aprendiendo todos los días: tengo derecho a vivir mi vida sin sentirme culpable por ello.

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