Relato de un retrato

Es una imagen que sigue vívida a lo largo del tiempo, pese a una diferencia de 9 años y medio. Era el día siguiente a nacer mi segundo hijo y vino mi nena a conocer a su hermano. Fue un día muy especial y esta foto refleja el momento. Ella era muy chiquita, no tenía ni dos años, así que nuestro lenguaje para comunicarnos era todavía muy intuitivo, corporal y rudimentario.

Ella nunca ha sido para mí mi hija, desde que la pienso ha sido mi niña, mi nena. Siempre la he sentido como parte de una gran camada familiar de mujeres y así cuando nació, enseguida le vi los rasgos de mi abuela, mi hermana e incluso mi mirar con ese ceño fruncido… Era carnecita mía, pero olía a historia, a improntas ajenas y a misterios nuevos por descubrir. Quizá fue porque ahí empecé como madre, porque por primera vez satisfice mis instintos, porque anidó y desgarró mis entrañas, porque tiene la privilegiada posibilidad de pasar por  lo mismo, porque mi estrenado mundo giraba en torno sólo a ella… pero algo nos une más allá de esa relación evidente, somos niñas, somos mujeres, somos de igual a igual y de alguna manera, ahí nacimos juntas las dos en nuestra recíproca historia. Ella fue quien le dio sentido a mi nueva yo.

Mas venía un niño. Iba a ser un hombrecito, uno en exclusiva para nosotras, uno que nos pertenecería siempre, por encima de lealtades y caprichos. Cuando ni siquiera lo esperaba, me dije que a mi nena le traería un regalo. La tenía que dejar con alguien más joven que sus padres, por si necesitaba en quien sujetarse, y a la vez con una misión de a quien cuidar, porque si alguna vez le faltaba el ánimo, que no fuera el de dar ejemplo, que no fuera el de tirar del carro. Mi niña, con sus almendrados ojos conectados a su sonrisa, ilumina el mundo, así que supongo que los que tengan la fortuna de apreciarlo no querrán jamás vivir a oscuras, le suplicarán y ella volverá a abrirlos; y ese alguien fraternal tampoco podría escapar de ello. Era la primera y eso es un grado. Por un tiempo fue única y las decisiones que por entonces tomaba, iban para ella. Así que este hermano niño era mi ofrenda.

Una vez hecho… ¿y si no lo quiere? ¿y si le estorba? ¿y si lo siente como una amenaza? Yo ya me he enamorado de él ¿cómo explicarle…?

Iba a conocerlo, yo estaba muy nerviosa, iba a entregarle este presente, pequeño y dependiente presente. Un presente que había entrañado renuncias, preocupaciones y riesgos, incluyendo la paradoja de que por hacerle un bien a mi nena, saliera perdiendo en mucho. Pocos momentos recuerdo con tanta ansiedad, necesitaba su aprobación, como una incipiente novia minutos antes de su primera cita donde sabe que la inicial impresión le indicará el resto.

Él, caramelito rubio, se encontraba dormido en su cuna de hospital y mi niña, al abrir la puerta, rauda y ansiosa me buscó con la mirada apartando cualquier distracción que nos separara. Ya reconfortada con abrazos y mimos, se fue a examinar aquello. Lo tocó primero con el dedo como para evaluar el grado de certeza o ficción de ese nuevo ser.

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Me resultó impactante que mis dos preciados pedazos no se conocieran, que no se pensaran parte de lo mismo y fuesen dos extraños obligados a compartir amor. No se me ocurrió otra forma de integrarlo entre nosotras que cogerlo entre mi regazo al tiempo que ella lo reconocía en olor, tacto y caricias. Y aprovechando que ella me besaba la mano, poco a poco yo la retiraba y ella continuaba sus besos por la tierna cabeza de nuestro bebé sin apartar su vista de mí en señal de mantenimiento del vínculo. Ella aceptaba el presente, aceptó que fuese uno más, lo noté. Noté como asentía sin ceder, como acogía sin apartarse. Iba a tocar su reinado pero sin destronarla.

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Así quedó plasmada en esta instantánea: mi nena y yo acariciábamos el tesoro que nos brindaba la vida y en perfecta sincronía y comunión, decidimos cuidar de él. Y así sigue siendo…

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