Las olas que arrasan

Era un reto literario y me propuse escribir esa divina y desternillante historia divertida que borre de un plumazo las sombras que acechan a la colorida esperanza.

Si la lámpara del genio se me pone a tiro, se lo pido: por favor, déjame que se me ocurra esa superficial, brillante e intensa comedia que aleje la mínima insinuación de que este gozo interno ha de dejar paso a un golpe de circunstancias reales ajenas a la voluntad.

Tengo hasta pensado el título: SIN FIN. Y la terminaría como me gusta puerilmente que acaben las cosas: con un CONTINUARÁ…

Venga, sacrificaré mi estilo propio y prometo apuntarme a ese taller de escritura que me garantice que mi cuento irá siempre acompañado de carcajadas incontenibles de júbilo y algarabía.

Pero no, a alguien se le ocurrió combinar palabras que por separado son de común llevaderas, preciosas, familiares, evocadoras: mar… soledad… Mas ellas juntas, de la mano e inseparadas…

Vamos, quien al pensar en el mar no lo acompañe de aire, cielo, movimiento y vida, es que nunca estuvo allí. Ni siquiera en imaginación. Ya sea bravo o pasmosamente calmado, no te deja indiferente y bien podría ser escenario de aventuras trepidantes o de chanzas livianas.

Y quizá sea por mi espíritu respondón, pero a mí la soledad me parece un estado tan excitante, tan extravagante, tan por descubrir… Nada sombrío puede acechar a quien en sí mismo está. Si es de soldadura tristón, no se planteará el reto de escribir pieza más cómica que si acaso un epitafio desafortunado. Y si es de rellenos dichosos, se paladea complacido sus propias carnes.

¡Ay! pero ese menjunje de mar y soledad…

Así reunidos me llevan al borde del absurdo pánico. No puedo practicar deportes náuticos. Me vienen todas las escenas de pirañas, tiburones, pulpos de mil ojos, sirenas vengativas y depredadores abisales (avísales que no vengan). Y claro, si te pican, muerden o estiran de ti y estás solo, te quedas sin testigo para que rueden la siguiente película que atenace a las generaciones venideras. Terrible…

Y si no… si no me vienen esos días en que asomada a la puerta del universo espero tontamente que vengas a nado, salgas todo seco, bien peinado, con la sonrisa puesta y me saques a bailar… Y mientras todo esto fantaseo, un perro merodea cerca de mi morriña y una pareja de anormales enamorados se dan el lote que una fue a buscar al súper donde ya estaban agotadas las existencias. Patético…

Con ese panorama, no se me sale el entusiasmo de la garganta a la mano. Me obligo a no seguir la inercia que otros marcan, me esfuerzo en que ese tendencioso lúgubre binomio de mar y uno mismo no me arrastre a la orilla.

Busqué escritos aliados de compañeros de tertulia, de Paco, de Víctor, de Ana, de Salva… Esto no lo arregla ni un plagicopia con un camuflapega. Una ya se resigna a que le tanteen con el palito a ciegas para encontrar la llaguita de la mano escondida… y atinen.

Ale, pues repliego velas, hago inmersión sin hacer pie y que las olas me arrasen. Sea bienvenido un pellizco en el corazón y en los repateos cuando seáis nombrados.

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