Cuando perdono…

Me pasa más ahora, quizá sea por formación, por experiencia en la vida, por mi profesión… pero las miserias ajenas me enternecen, me conmueven… mas no me enamoran.

Comprendo y perdono el miedo, la cobardía, la debilidad… ¿quién no lo ha sido infinidad de veces? Es normal perdonar a quien se ha estimado, a quien se ha querido, o a quien te ha aportado felicidad. Ciertamente las miserias ajenas me hacen ser comprensiva, me acercan incluso a ellas… mas no me enamoran.

He llegado a pensar que lo hacía por esas personas, que se merecían una segunda o tercera oportunidad, que todos podemos errar y yo la primera y que me gustaría que hicieran lo mismo por mí. Pero no, no los perdono por ellos, los perdono por mí. Los perdono porque a mí me libera, porque a mí me vacía de malos rollos, de rencor, de odio y es a mí a quien revierte al final ese perdón. Cuando lo hago soy capaz de mirarlos con otros ojos, con otra actitud, me congracio con ellos… mas no me enamoran.

Incluso con gente no tan querida ni conocida y observo o he sido flanco de sus malos humores, envidias, complejos, desconfianzas, egoísmos, ofensas o frustraciones, al final acabo perdonando, dejando pasar, olvidando. Compadezco a quienes sus miserias arrastran a causar daño a sí mismos y a los demás… mas no me enamoran.

Será indulgencia, falta de firmeza o indiferencia, pero relativizo esas ofensas y casi nunca me las tomo como algo personal. No creo ser objeto de tanto interés por parte de esa persona como para pensar, tramar, realizar y esperar resultado malgastando su tiempo y energía. Si de verdad se toman tanta molestia es que en el fondo les importo muchísimo y eso vale para mí más que un cabreo mal gestionado. Y si no, es que no es contra mí en particular, es contra su mundo y yo me crucé por en medio y vuelvo a lo mismo: no me ofenden porque no me siento aludida… mas no me enamoran.

Ahora bien, si ese daño, esa injuria, ese reproche, ese amor mal canalizado llamado odio es la antesala a una palabra de asentimiento, un susurro de perdón, una mirada cómplice, un tibio contacto o un dubitativo pero ansiado abrazo… entonces estoy perdida.

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Si acaso se le ocurre al mal gesto, la torpeza evidente, la hiriente palabra o al despreciativo acto hacerse acompañar luego de su antídoto en forma de sonrisa, de corazón sincero, de justo arreglo y gran compensación… entonces estoy perdida.

Cuando veo y siento que alguien se crece admitiendo su error, buscando remisión o intentando reparar ese daño, a mis ojos esas personas… me enamoran. Me enamora cuando del miedo se saca coraje, ante la cobardía uno se queda plantado mirando de frente, o la debilidad se transforma en fuerza interior. Cuando uno acepta, reconoce y actúa… Me enamora que de la miseria se extraiga grandeza.

Entonces sí estoy perdida porque esas personas me enamoran. Ahí es cuando en verdad perdono. Y cuando lo hago de esta manera, cuando por esas razones perdono… me enamoro.

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