Aparta esas emociones de mí

Siempre que hablo de emociones, ya sea en clases, charlas o escritos tengo la sensación de que me quedo corta. O hablamos de significados diferentes utilizando la misma palabra como si fuera polisémica, o es que me quedo corta… No hay emociones positivas y negativas. No hay buenas y malas. No hay emociones destructivas y constructivas.

Es comprensible que haya algunas que tengan muy mala prensa, por cómo nos hacen sentir. Pero no son perjudiciales, malas o debemos apartarlas. Son meras informantes, nos indican con ese malestar que nos causan que algo no funciona, que alguien se ha interpuesto en nuestra meta, que hay peligros que debemos sortear y preparar, que mis pensamientos instantáneos están para revisar, que no me comporté conforme a mis valores, que no he superado determinadas situaciones, etc.

Además, si lo mezclamos con la idea que se ha impuesto en nuestra sociedad de felicismo de que debemos estar guapos, sanos y alegres siempre y en todo momento como meta vital, en cuanto no es así, es lógico que pienses que no vales o no funcionas. Lo entiendo, en cuanto percibas algo que te desvíe del Nirvana, tienes que tomar pastilla o hacer terapia al canto.

A mí esta tendencia hacia la evasión de vivir me está resultando muy perniciosa, me da que embebe de los mismos principios que tienen los camellos cuando te venden las drogas. ¿Te sientes mal? Tienes que apartar esa emoción de ti. Buscar la plena y omnipresente satisfacción personal es tan imposible como andar tras la perfección suprema. Es el nuevo vicio del S XXI.

Hay reacciones ante los sucesos que son inevitables y ¡benditas informantes! ¿Cómo podríamos saber si algo nos va a desagradar ver o escuchar si no estuviera el asco al acecho? No digamos el miedo. No se trata de no sentirlo, por favor, no consientas que alguien te diga que no sientas miedo y que si lo estás sintiendo es negativo, malo o destructivo. ¿Pero qué pasa si sientes miedo? Es la emoción que más nos ha ayudado a evolucionar como especie y nos ha permitido estar donde estamos. Sin ella no existiríamos. Hemos de escuchar su advertencia para tomar medidas de protección, ser conscientes de los peligros reales o posibles. Incluso evaluar si es irracional o si nuestros pensamientos generadores de esa reacción nos aportan valor o nos restan eficacia. Cosa diferente será si te incapacita, limita o bloquea (pero ojo, también te puede pasar si estás conmovido, energético, alegre, intrigado, eufórico, aliviado, extasiado…)

En cada curso que doy de hablar en público y tratamos el miedo escénico me vienen las mismas peticiones, cuales ilusas cartas a los Reyes Magos en un jardín de infancia: “quiero no sentir miedo“, “me gustaría no pasarlo mal“, “quiero estar completamente sereno y tranquilo“. Antes me ponía así como muy seria en plan docente explicativa. Ahora tan sólo les contesto que ojalá que no se cumplan sus plegarias, porque eso significaría que tendría tras de mí a todo el cuerpo policial investigando múltiples muertes tras asistir a mis clases de oratoria.

No sé si Paulo Coelho lo ha twitteado ya, pero no está de más recordarlo: no existe la satisfacción completa. No luches contra natura, te vas a sentir un ratito mal por cada equis bien o a la inversa, te vas a sentir un ratito bien por cada equis mal. Si tu proporción es desmesurada o se te hace insoportable, (pues los hay quienes les encuentran gusto al tema) entonces acude al agua bendita, pastilla, terapia, o viaje con todo incluido que quieras, puedas y te ayude. Pero que un ratito mal lo pasarás, nada ni nadie lo va a evitar.

En ese sentirse mal se incluyen todas esas contrariedades de la vida que nos acontecen, incluso sin salir de casa y tumbado en la cama, porque ya se sabe que la vida es la que discurre por nuestra mente. Y todo se junta ahí, emociones, sentimientos, pensamientos, impulsos, creencias, intuiciones, constructos, pálpitos, sabidurías inconscientes, ignorancias…

Las emociones son nuestras mejores aliadas para avisarnos, nos aportan una información valiosísima. La primera de todas es que estamos vivos y hay dolor, placer, agrado, desagrado, bienestar y malestar, y que no hay más que meros instantes de plenitud, fogonazos en la noche. Y esto es fantástico, nos descarga de ese tremendo peso de sentirnos dichosos y a mil permanentemente. Nos despenaliza por ser humanos.

Subir y bajar, ir de un lado al contrario, pararse y arrancar… eso es la vida, el movimiento, la inconstancia… la insatisfacción… Pero es que además, no cabe la menor duda de que es así. “Dios” ha entrevistado personalmente a todos los seres que habitan en este planeta y constata que no hay uno solo que haya alcanzado la satisfacción íntegra y permanezca en ese constante estado hasta que sale de la puesta en escena rumbo a lo más incierto.

El muy “puñetero” nos hizo así, insatisfechos, curiosos, ambiciosos, con ánimo de superarse, con tendencia a la mejora. Avanzamos porque no nos quedamos parados en el camino, por muy lujoso, cómodo, seguro y calentito que sea. Andamos tras ese plus que nos hace incomodar cuando parece que lo somos y tenemos todo. ¿El precio a pagar? ese regusto de estar dichoso pero no completo.

Así que deja que circulen las emociones en tu interior. Agítalas en tu cocktelera, aderézalas, combínalas de la mejor manera posible. Vacíalas. Llena de nuevo y así en un continuo fluir… Pero no las apartes, mejor embébete de ellas para que calmen la sed constante que produce el mero hecho de existir. Saborea y edúcate el paladar, verás cuán rica y variada es tu vida.

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