Yo no soy tú, aunque respeto que tú también

Si ya generalizar… Pero meter en el mismo saco a todos los hombres… ¿O es la nueva versión del hombre del saco?

Me parece estupendo a lo que se apunte la gente, al movimiento #Metoo, a las confesiones públicas, a la terapia colectiva, a la recogida de firmas o a raparse el pelo en apoyo a los calvos. Lo que siempre me ha resultado alarmante es que me incluyan o me representen sin contar con mi consentimiento.

Por ser mujer, no me considero una inválida, indefensa, víctima o desprotegida. No nací con estigma alguno. De hecho, es una de las razones por las que los ritos religiosos de pagar deudas de ancestros cuando todavía no has visto la luz, me chirrían. Así, que un movimiento se otorgue presunciones generales para llegar a únicas conclusiones y que dentro estemos ya predeterminados los verdugos y las víctimas, parte con todas las papeletas para generar conflictos sin actitud constructiva.

Lo cierto es que al principio lo vi con cariño. Esas personas estaban denunciando a su manera y con sus armas, situaciones que no pudieron o no supieron resolver con sus acosadores. Pero el tema se salió de madre. Ya no se hablaba de acoso o hechos éticamente reprobables y jurídicamente punibles, ahora se trata de imponer normas de conducta, pautas en la manera de relacionarse los hombres y las mujeres.

Sigue faltando mucha educación en habilidades sociales y sexuales, está claro, pero de ahí a manifestar con rotundidad que los hombres son unos acosadores en potencia y las mujeres unas cervatillas cándidas…

Como mujer adulta, me sé defender y sobreponerme ante las fatalidades de la vida. Y no me vale eso de: porque tú sepas… Perdón, yo no nací enseñada. Y los hombres tampoco.

No hablo de situaciones de desigualdades, de abusos de poder, de jefes y empleados, de profesores y alumnos, de autoridades y ciudadanos… Ni siquiera de desconocidos que te cruzas por la calle. Aunque a mí particularmente, cualquier mamarracho no me incomoda. Le tengo que otorgar yo esa categoría, pero vaya, lo puedo entender.

Es que hablamos de iguales, de pares. Hablamos de relaciones consentidas, que parece que degeneran sí o sí, en atropellos físicos. Es que por ser mujer no me quiero convertir en una inmirable e intocable que precise escolta o un manual de operaciones para no sentirme ofendida o violentada.

Por favor, posibles futuros ligues míos, si en el transcurso de una conversación sentís un irrefrenable impulso de besarme, no os cortéis. Lo mismo me puede pasar a mí y espero que si me equivoco de momento o intención, no salten alarmas y luces intermitentes señalándome como pecadora y mi rostro aparezca en Instagram como la torpe acosadora del mes.

Me niego a rellenar un formulario de consentimiento informado a todo hombre viviente que se me acerque.

—Nena, pues así no vamos a catar varón en nuestra puta vida — me decía una amiga el otro día. —Solo se atreverán los insensatos, los que resuelvan todo a golpe de talonario con un abogado o los excesivamente necesitados.

—Ya te digo… No sé que es peor —le contesté.

¿Qué fue de la selección natural del buen cortejador? Ahora hay que pasar un test exhaustivo de patrones mentales y un interrogatorio en toda regla tras el visionado de imágenes por parte del Sindicato de buenas maneras íntimas.

—Oye ¿y no te parece que ese camarero al darte la cuenta se ha detenido de más en tu escote? —me pregunta otra amiga suspicaz, ya contagiada por el ambiente que se respira en el local donde hay tres tipas con el slogan en la solapa de sus uniformes.

—Si él no menta nada acerca del repaso que le acabo de hacer hacia su torso y bíceps, no lo denuncio —dije apoderándome de mi papel de solemne.

Señores y señoras, vayan recogiendo sus enseres, que esto se acaba. Vamos destinados a dar bandazos hacia los polos radicales. Que les cojan confesados o con el consentimiento informado de sus parejas en toda regla, y con todas las posturas.

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