Un navegador de carne y hueso

¿A quién le gusta esos cacharros llamados navegadores habiendo personas a quien preguntar por el mundo? Ya sé que a muchos, pero yo así me consuelo. Es bien conocido en mi entorno mi facilidad para perderme, guiar mal con plano desplegado, pasarme los carteles y señales informativos o preguntar y al segundo de haber arrancado el coche olvidarme por completo de lo que me han dicho; y a pesar de todo, no me gustan los navegadores. No me gustan sus voces, me pone nerviosa mirar las flechas y todo sea dicho, cuando conozco algo el lugar, me peleo con ellos, no les hago caso y me revienta encima luego tener que dar la razón a una máquina, así que sigo sin ellos y la verdad, a veces no sé ni cómo llego. ¿Instinto? No, soy muy puntual y tras varias vueltas, o llamo a alguien o pregunto a un viandante.

Después de cierta anécdota que voy a contar y que recordé el pasado día que volví a la escena del crimen, seguiré sin navegador unos cuantos años más. Seamos francos, uno se resiste a la tecnología hasta que lo que se te resiste son tus planes para hacer las cosas, así que supongo que alguna vez me veréis colgar el post de ¡Ya tengo el puñetero navegador cuando ahora sale el nuevo trasladador!

Que conste que en lo que voy a contar la culpa la tuvo Google Maps y su trayecto recomendado. Tenía una formación en Orihuela, en concreto en el Colegio de Abogados,  sábado por la mañana e iba con plano impreso en mano y cuando creía que estaba llegando, no sé cómo lo hice, pero salí y entré del pueblo por el mismo sitio, aunque tardando 20 minutos en ello. Vale, rotonda ya controlada, vuelvo a meterme y esta vez cruzo un puente, porque sí, debo decir que el mapa no marcaba esa ruta, pero me dejé llevar por un impulso. Supongo que me estaban esperando ya para arrancar el curso y de pronto me veo en una calle estrecha, sin salida, donde incluso la gente estaba parada en la calle hablando y ni se apartaban al ver mi coche. Algo me dijo que iba muy mal…

Desesperada por la hora y después de dos calles donde ya sólo se me cruzaban los gatos, al fin veo a una pareja. Era una señora de mediana edad y un chico joven bastante cachas, pelo rapado y con pantalón así de bolsillos tipo militar y una cazadora encima. Amablemente intentaron decirme cómo llegar, hasta que al final viendo mi cara de póker, el chico, resuelto, me dice que me acompaña y la señora se va. No reaccioné en ese momento y me dio por pensar que quizá tendría una moto o un coche y que me guiaría, pero no, hace amago de abrir la puerta del copiloto. ¿Y ahora qué hago? Le abro finalmente y advirtiendo mi duda me vuelve a preguntar si me parece bien. No le veo mala pinta pese al look un poco skin head y además estaba hablando con una señora que parecía una vecina corriente. Le digo que sí sin pensarlo más y se sienta a mi lado cuando me percato que lleva una mochila. Bueno, no pasa nada, no creo que lleve las bombas del 11 M, me dije.

No me había fijado excesivamente en él, pero por el camino, le veo que, efectivamente, los pantalones cargo que lleva parecen militares, ¡pero de verdad! ¡Ay dios! ¿a quién he subido en mi coche? Y encima comienza a decirme que lleva despierto desde ayer por la mañana y que en cuanto me deje se va a su casa a dormir. Como hacía calor, se quita la cazadora y se queda con una camiseta. Pero que no me preocupe (¿que no me preocupe?) que su casa está a un rato andando de dónde me lleva. Lo cierto es que no olía a alcohol y en un semáforo se pone parlanchín y se hace el galante confesándome que me hace el favor aunque esté reventado porque me ha visto en apuros y parezco de fiar.

Ahora sí, pensé que llegaba el momento de las presentaciones, o venía de farra, o era portero de discoteca, o… “Soy del cuerpo especial de bomberos y acabo de terminar una guardia” Ufff, yo creo que debió notar mi alivio y entablamos una grata conversación que nos llevó hasta una zona de aparcamiento. No quedó ahí la cosa porque seguíamos sin saber exactamente dónde estaba el sitio y se ofreció a acompañarme andado preguntando al primero que viéramos porque ya estaríamos cerca. En la puerta del Ayuntamiento saluda a alguien con traje y me presenta: el Concejal de algo, que nos iba a llevar hasta mi destino. A esas alturas y lo tarde que era, la verdad, no presté atención y me daba igual que viniera el mismísimo fundador de la ciudad a guiarme hasta la puerta del maldito Colegio.

Y eso pasó, llegué escoltada por un bombero cachas y un Concejal ante la persona que me esperaba para dar el curso. Se despidieron de mí en la puerta, les agradecí el gesto y ante la cara de pasmo de los demás, subí las escaleras del edificio triunfante y muy consciente de que tales experiencias jamás las dará ningún cacharro navegador.

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