Se lo dio todo, lo dejó sin nada

Cuenta la leyenda que un padre le daba a su hijo todo lo que éste tenía. Al principio eran mimos, atenciones, era su tiempo, eran sus cuidados. Pero poco a poco le iba dando y dando… Lo más estupendo es que ni siquiera lo reclamaba, el padre era libre de escoger de entre una enorme gama, qué sería lo que él daría.

Llegó el mejor juguete, la mejor fiesta de cumple. Hasta ciertas compañías se podían casi adquirir dándole un buen colegio, una buena educación. No basta con dar los entornos, pero esto contaba la leyenda…

Pronto el hijo adquirió más recursos para pedir lo que casi de inmediato se le daba: pan, galleta, balón, peli, chocolate, rato de juego, lugar en la mesa, ropa… Era infinita la lista y pronto se dio cuenta de que no había por qué sufrir en exceso. Todo se le daba. Tenía todos los derechos ¿por qué se lo iban a dar sino?

La sobreprotección del objeto de adoración hizo que el padre fuera cediendo y dando más cada vez. Por un día que se le ocurrió negar… El hijo sufría y esto no podía ser, se sentía culpable, se le desgarraba el corazón. Hasta encontró en las escrituras sagradas que uno debía de dar y dar, incluso sin esperar recibir nada a cambio. Por un día que se le ocurrió exigir… El hijo sufría y hasta recriminaba. Pobre, había que seguir dando para así darle ejemplo de… de dadivoso.

La leyenda también cuenta que esta virtud pareció en un par de ocasiones que era contraproducente para la aceptación de las cosas que le sucedían al hijo en la vida. Pero hay marchas que toman inercia y parar ya no es solo parar, implica forzar en sentido contrario el acostumbrado y natural movimiento. Mejor dejarse llevar, a estas alturas…

Encontró el padre que curiosamente el hijo poseía dones diferentes al común de los humanos, pues no emulaba los actos de dar que él como padre hacía y como bien decía la lógica y los manuales, más bien continuaba en su endogámica conducta de recibir y recibir.

Cuando uno está metido en la partida no tiene visión de juego, y ni mucho menos de perspectivas lúdicas. De manera que devolver la bola hasta la extenuación parece la única opción válida.

Él quiso darle todo, protegerlo hasta de su propia libertad, así no se haría daño, no sufriría, no carecería, no se esforzaría y nada conseguiría. Esto último no lo había previsto, pero a base de darle, le dio también un destino.

Eso cuenta la leyenda, que un padre a su hijo se lo dio todo, y lo dejó sin nada.

 

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