Qué vergüenza ajena!!

Extraña emoción que nos hace padecer por otros, no por nosotros. Sí, hablo de la vergüenza ajena, esa que sentimos en nuestras carnes derivado de las carnes de otro. Ya la simple vergüenza ha sido una noción muy poco estudiada y desde apenas el año 1950 se ha empezado a profundizar en ella. Se trata de una emoción más social o cultural, pues depende de una exhibición pública o existencia real o presunta de un juicio externo para su producción.

Os traigo un ejemplo a modo de humor actual donde se toca este tema:

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Y digo yo que sentir culpa (malestar por la forma de nuestra actuación) sería más conveniente. Esta emoción, la culpa, sí ha suscitado tratados interminables, sin ir más lejos, Sigmund Freud casi se la apropia. Si en vez de vergüenza ajena, sintiéramos culpa por nuestra acción u omisión como ciudadanos, otro gallo cantaría a la política. Y dando un pasito más, si en vez de culpables nos sintiéramos responsables, ya… Claro, para eso se requiere madurez y no por edad, sino por escarmiento y todo apunta que todavía no se ha llegado del todo a asimilar la lección, pues no se trata de que nos ocurran cosas, sino que se trata de aprender de ellas, de extraer la enseñanza.

También puede darse el caso que la enseñanza nos confunda y cuando a mí me pasa, reviso la historia como si fuera una fábula. Imagínate que del cuento de la hormiga y la cigarra (aquél donde la hormiga trabajaba en verano mientras la cigarra cantaba y luego la hormiga tenía grano para comerse en invierno y viendo que la cigarra no, le dijo que entonces bailara, que no compartiría con ella) en vez de extraer la moraleja de que hay que trabajar el presente para cuidar nuestro futuro, se extraiga la enseñanza de que hay que rodearse de gente generosa que te ceda el grano. Al fin y al cabo, la cigarra estuvo amenizando con sus cánticos a todo el ejército de hormigas ¿o no?

Retomando otra vez la emoción de la vergüenza ajena, me pareció deliciosa la definición que nos dejó esta prolífica autora, Agatha Christie:

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Pero es que para que se produzca la vergüenza ajena ni siquiera se precisa que el que se exponga sufra, igual está disfrutando como un perro de sus patochadas y sin embargo nosotros observamos la situación con verdadero espanto. ¿No te resulta una emoción sumamente extraña? Sería fantástico no padecerla.

Cuando era adolescente, la mínima manifestación de mis padres que se salía de los cánones marcados, me producía tal rubor que era incapaz de seguir mirando y ahora… Ahora me pasa al revés, me veo haciendo cosas inhabituales tan sólo para despertar esa emoción en mi hija y charlar sobre la razón que le conduce a ello: temor al juicio social. ¿Qué daño puede haber en ponerse a bailar una canción chulísima en una tienda? ¿Acaso no la ponen para eso? Ya sé que no, pero si nadie lo hubiese probado a hacer en su día, nunca hubieran existido esas tiendas de ropa pubs que se pusieron tan de moda en una época. A todo esto ¿eran necesarias?

Pero lo que más me llama la atención es cuando por ejemplo en una reunión donde todo el mundo sabe algo y nadie se atreve, alguien se envalentona y expresa en voz alta lo que antes era un silencio a gritos y en vez de unirse la gente, se palpa vergüenza de la sinceridad ajena. ¿O me confundo y es un ataque de culpa?

Y para terminar y rizar el rizo, diré que conforme pasa el tiempo siento más vergüenza ajena por extraños que por propios y que me ocurre, nada más ni nada menos, en lo que toca a mi profesión: ver a personas encima de un escenario sin recursos para salir airosos y lo que es peor, no disfrutando con ello. Entonces ¿es empatía? Pero al mismo tiempo admiro su coraje para decidir dar ese paso. ¿Qué debería primar? Creo saber la respuesta, pero me da vergüenza decirla…

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