Paul Newman y el resto

Me da lo mismo la película que pongan de este pedazo de actor. O son buenas de por sí o él está bueno de por sí. Y ya no es porque sea guapo, atractivo, irresistible y de mi época, es que además, la belleza de un rubio de ojos azules no tiene parangón. Para nosotras, las latinas, todo lo que se acerque más al sol y al mar, nos atrae cual mariposillas a la lámpara. Como la que a mi lado alumbra la foto de Felipe que acabo de sacar como marca libros de la novela que ojeo en los ratos en que Paul no sale en pantalla.

Yo tampoco es que sea la Liz Taylor que le acompaña, pero no hay una buena peluquería que no arregle a una mujer y de mortal la convierta, como mínimo a ojos vista, en diosa del celuloide. O al menos de cabeza… El resto de carne que la sostiene, en mi caso, se mustió. Y no fue por falta de riego, es que el séptimo arte es especialista en esconder las frustraciones. Aquí contemplo a mi Felipe incluso entrado en añitos…

El pelo era de color marrón tirando a noche, nada de rayos de sol. Y digo era, porque como todo atardecer, acaba por desaparecer. Sus ojos se esconden tras unas gafas gruesas y de limpieza descuidada. Hombre, si sonríe mucho, mucho, se llegan a apreciar las faltas dentales, pero tampoco es cosa de escarbar en mayores detalles.

La verdad es que nunca me han faltado flores que adornaran mis pensamientos diarios. Y aún en épocas de impensables lujos, me colmó de besos que llenaban cofres de tesoros. No sé si este Paul hubiera sido capaz de sacarme esa sonrisa tras un día nublado que me anunciaron que mi hijo mayor partió a doloroso destino para mí. No creo que acariciara con cariño mis grandes errores, aquellos incluso que le incumbían a Felipe directamente.

De Paul no dudo que su perfecta sonrisa acompañada de esos dos luceros claros marcaran el camino de la máxima algarabía, pero ni de lejos sabría con esa maestría serenamente llevarme del estado cero al estado en celo. ¡Ay si mi Felipe hubiera tenido los ojos azules! Aunque igual no hubiera acabado en mis brazos, porque sus traviesas canicas pardas son las que me llevaban de calle.

Y mientras todos estos pensamientos me vienen, vuelve Paul Newman a escena y me quedo abducida con la película. Eso sí, acariciando la gastada foto que manoseo descuidada entre mis artríticos dedos. Curioso que este gesto nunca desata el mínimo dolor. No, decididamente no cambio al espectacular finado Paul por mi viejito Felipe.

Un ruido en el cuarto de al lado me advierte que será mejor que guarde la instantánea a buen recaudo. Ya sólo me quedan de las de su jubilación para arriba, las anteriores pasaron a pruebas de confeti. Así que sigilosamente cierro el libro a sabiendas de que jamás se verá profanado por la curiosidad del pelirrojo de ojos verde esmeralda que habita en el cuarto de al lado. Ese no mira un libro ni aunque contenga la fórmula mágica para vivir ebrio sin resacas.

Fue lo más parecido que pillé en mi juventud a Paul Newman. Él a cambio se quedó con el sucedáneo de Liz Taylor, sin su dinero ni su coraje para casarse y divorciarse con esa gracia que sólo las bellas mujeres morenas de ojos violetas pueden hacer.

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Ainsss, Laura, cómo has resumido pensamientos de, pienso que todas las mujeres, esos momentos de sentirse Liz Taylor al lado de un Paul Newman, comparándolo a ese “viejito” que ha llegado a ese estado acompañando tu “vejez”. Lo que me lleva a pensar que porque nos molesta que ellos sean más transparentes con esos pensamientos… nosotras también los “pensamos”.
    Me ha encantado este post… de repente ya no es tan impersonal, has dejado una rendija que asoma aún más luz.

  2. Laura Segovia

    Me alegro Tinuca que te llegara. Los pensamientos parecen universales en el ser humano, aunque no se pronuncien ni se envuelvan de la misma forma.

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