No somos lo que hacemos

Una vez ya descartado que no somos lo que tenemos. Porque lo hemos descartado ¿verdad? Comprendo que cueste desprenderse de esto, es muy tentador. Y eso que no hablo de cosas materiales, es decir, del “tanto tienes tanto vales”. No ya es que seamos en función de lo que hayamos conseguido en cuestiones de ladrillo, parque automovilístico, rocas pulidas, ropajes ni alimentación proteica, no, hablo también de tener familia, pareja, amistad, cultura, etc. Pues tampoco.

No somos ni nos identifica que tengamos una profesión con unas siglas fiscales asignadas, un perrito que nos ladre, medallas al buen comportamiento… Nada de eso es nuestro ser. Lo que tenemos es el resultado de nuestras decisiones, conductas, hechos y tampoco hay que olvidar, circunstancias.

De ahí que también se pueda afirmar que no somos lo que hacemos. Por mucho que le pongan empeño en identificarnos con nuestro hacer, con nuestra acción, tampoco es lo que somos.

Lo que hacemos es nuestra conducta, y si bien tiene reflejo de lo que vive en nuestro interior, en nuestro pensar y sentir, si a cada instante podemos cambiar la conducta, ello no nos convierte en otro.

En cualquier presente tenemos la posibilidad de modificar una creencia, una idea y gestionar el miedo, asumir el ego, avanzar en nuestra conciencia y fluir con la vida de manera diferente a como lo veníamos haciendo. Nuestro hacer, nuestra acción será distinta y aún así, seremos los mismos.

Ayer fuimos desordenados, infieles, manirrotos, caprichosos, tercos, estúpidos. Pues hoy somos metódicos, comprometidos, generosos, coherentes, tolerantes e ingenuos. Si de algo me di cuenta a las 20:45 de un día del mes de enero del año que empieza y dejo de hacer lo que venía haciendo, por ejemplo, matar gatos, ya no seré más un matagatos. Y sin embargo, seguiré siendo el mismo.

Cuando aprendí esta grandiosa noticia, empecé a ver a las personas con otros ojos. A no encasillarlas. A permitirles crecer y mejorar. A tolerar los digo Diego. A dar oportunidades. A dejar sorprenderme…

De hecho me dedico a eso, a acompañar a personas y equipos en su proceso de cambio o evolución. ¿Cómo no voy a creer que alguien pueda cambiar? Y no solo lo creo, lo observo. ¿O quizá porque lo creo, permito a los demás que lo hagan? Se puede constatar que cambian su conducta, hacen las cosas de manera diferente y sin embargo, siguen siendo ellos.

¿Por qué nos resistimos tanto a aceptar esto? A las personas nos encanta predecir las acciones de los demás. Aunque detestemos esas acciones, pero nos tranquiliza, nos da seguridad. ¡Ah! que ese es un tacaño, que esa una estirada, que esos unos maleducados, que aquellas unas estafadoras… No sabes lo tranquilo que me quedo.

Y ojo, que igualmente me relaja cuando mi vecina es la pacífica, mi hermano el sacrificado, mi pareja la servicial y mi amigo el buen anfitrión. Me llena de una paz interior… Y que no se les ocurra cambiar, por favor, por favor.

Pero… ¿y cuando somos nosotros los que decidimos cambiar una conducta? Entonces nos ponemos altaneros porque no nos concedan siquiera el beneficio de la duda, no crean en nuestro propósito de enmienda y desesperemos porque ante pruebas irrefutables de nuestra nueva conducta, nos sigan llamando matagatos. O digamos basta a seguir llevando cruces que nos pesan y nos abocan seguro a ganarnos el futuro cielo cuando lo que pretendemos es vivir en la presente tierra.

Y si en cualquier momento, tomando conciencia y actuando en consecuencia con nuestra nueva intención, hacemos y actuamos de manera diferente ¿dónde está nuestro ser? No somos lo que tenemos, no somos lo que hacemos, no somos lo que pensamos, somos…

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Entonces… ¡no somos! (qué alivio).

  2. Laura Segovia

    Visto así… qué despresurización tan instantánea. Tanta ambición por llegar a ser “alguien” para luego darte cuenta de que no eres “nadie”.

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