Necesitamos tu talento

Talento es una palabra que no deja indiferente. En estos últimos tiempos se ha usado para armar bonitos discursos muchas veces carentes de contenido. Pero lo cierto es que el talento es el material que nos permite contribuir como seres y por el que nos ganamos, por así decir, nuestro sitio en el Universo.

¿Y qué es talento? Aquí ya cada uno interpreta lo que buenamente entiende o se permite entender. Y es que cuando la escuchamos nos entra así como un cangue… ¿Eso es algo que tengo yo? Enseguida pensamos en esas personas admiradas, populares, famosas o exitosas que fabricaron de otra pasta en otro mundo y que viven de otras maneras que no parecen coincidir mucho con este que se está formulando esta pregunta.

Podemos responder que talento es aptitud para desempeñar determinadas habilidades, o capacidad de entender muy bien muchas informaciones. Y visto así, la fiera no parece tan salvaje, incluso podemos llegar a domarla. Porque habilidades hay innumerables y necesarias. Y entendimientos los hay de muchas materias y formas.

Aunque corre por los pasillos el rumor de que talento es algo que está en desarrollo porque todavía no se ha alcanzado y hay hasta quien solo lo utiliza como sinónimo de novato, aprendiz o situación en potencia. Pues la verdad es que tiene razón… No conozco una cualidad de este tipo en el ser humano que no esté en constante cambio y evolución. Salvo el color de ojos, y hasta a veces… Nada es definitivo, estanco o perpetuo.

A mí me tranquiliza pensar que si mi estupidez evoluciona, me llevará a apartarme de tantos feos doctos. Me apacigua saberme torpe comparado con honorables dinosaurios. Me proporciona paz interior partir de cero, errar, retroceder, avanzar, para así dar vueltas incesantes hacia mi inconstante ideal. Me encantará seguir siendo un proyecto. Ojalá toda mi existencia sea un proyecto y no una culminación.

¿Y por qué es tan difícil detectarnos cuál o cuáles son los nuestros? En principio porque creemos que solo tenemos uno, a lo sumo dos o tres. Como seres perfectos que fuimos creados, es de cajón pensar que los tenemos todos. Eso sí, no nos da la vida para atender tantos frentes. Los genes, la experiencia y las limitaciones nos conducen a que resaltemos unos sobre otros, amasando esa grandiosa combinación de lerdadas y patosidades que nos hacen únicos.

Quizá también hay otros factores, sobre todo educacionales, que complican este normal descubrimiento de uno mismo. ¿Para qué te suelen llamar a filas? Pues para abroncarte por lo que haces mal. ¿Qué te suele señalar el profe y como eco en tu madurez la autoridad, tus superiores o jefes? Lo que has fallado, lo que no has entendido, lo que te falta, lo que no llegas, lo que más te cuesta, lo que no disfrutas, lo que no te hace sentir decidido, motivado, competente, valioso… Y claro, ahí lo más seguro es que no se halle tu talento.

Y además, vamos a rizar un poquito el rizo con uno de los patrones inconscientes más comunes: “No hay victoria sin sacrificio”. ¿Que te sale con la gorra? ¿Que encima disfrutas? ¿Que no te importa la energía empleada? ¿Que lo haces fácil? ¿Que no inviertes tediosos métodos para desarrollarlo? ¡Bah! Eso entonces no es digno, meritorio, ni es talento, ni es nada… ¡Joer, para una cosa que me sale chapeau y sin esfuerzo ¿y no vale?!

Venga, otra vuelta de rosca… Hay una clasificación, o varias por ahí, de talentos que casualmente se corresponden con alguna utilidad ensalzada por la era industrial. ¿Y dónde queda este que no sé qué nombre ponerle pero yo siento que…? En la punta de la lengua lo tengo… O mejor, me pongo a ello y… Pero igual no mete goles en el Bernabéu, no se edita en Planeta, no lo comen en manteles limpios, no lo viste una reina, no lo aplaude la prensa, no me dan billetes de 500, no se entiende el novedoso color, no sé solfeo, no soporto una crítica, no le voy a dar el gusto…

Si no nos descubrimos y entrenamos en eso que llevamos un poco innato y que tan solo nos hace falta un empujoncito, pasaremos sin pena ni gloria por el abultado grupo de participantes con buenas intenciones y mediocres acciones. Gracias, gracias por intentarlo… ¡¿El siguiente?!

También esta cultura judeocristiana, de la que estamos en Occidente empapados, nos ha inculcado erróneamente que no es bien recibido destacar, sobresalir, mostrar o estar agradecido y utilizar aquello que nos aporta valor. Alguienes, tiempo ha, tradujeron mal la palabra humildad por modestia y estropearon la autoestima de futuras generaciones.

Si añado otra vuelta, igual la muesca de la rosca se queda inútil, pero se hace necesario saber que los talentos no aparecen como en las tablas de Moisés, así a lo grande y sin dudas. Mas bien aparecen en pequeños detalles, como la felicidad. Y uno, poco a poco, va tirando de ese hilo hasta obtener una gran madeja lista para etiquetar y sacar rédito monetario, social o emocional.

Recuerdo no hace mucho como en una ponencia de gente muy avispada en materia talentosa (eso decían y así se presentaban) se les ocurrió preguntarme de entre el público:
—Por ejemplo, tú, la que sonríe ¿cuál es tu talento? —me miraba animadamente.
—Pues, entre uno de los múltiples que poseo, (nótese mi abultada modestia cuando me incomodan con las típicas preguntitas de marras y no me he prestado voluntaria) es encontrar agujas en pajares, o sea, pequeños objetos caídos al suelo aunque sea en una alfombra mullida multicolor. Y mire que llevo gafas desde los 4 años, pero da igual, aún sin ellas y frente a otros con vista de lince, seré la primera en dar con ello.
Aunque terminé guiñándole un ojo, la cara le cambiaba asimétrica y casi le leo en la frente: de todas las asistentes me ha tenido que tocar por estadística a la majadera.
Estaba claro que el talento del ponente, (que pasó sin más a otro participante que sí le entró al trapo soltando el rollo ese de ayudar a los demás y encima creérselo) no era la ágil relación de ideas, ni tampoco la improvisación ante mi ironía para exponerle que uno de mis talentos es la observación. ¡Ah! y descolocar tocando las bowlins. Pero… pero… ¿no eran precisamente especialistas en…? Ejem.

Esto también me ha pasado con la escritura. Sé que hay cosas que hago bien, al fin y al cabo, eso es un talento, no más, y cuando caigo en la tentación de guardármelo solo para mí, me obligo a recordar que no me pertenece. Que toda una ingente colección de clanes y ancestros sumaron su granito para que yo y todos mis contemporáneos estemos representando el papel de vivos con el fin de que esto evolucione.

Me parece egoísta que alguien no ponga en marcha sus habilidades, sus competencias, dones y talentos. Me resulta inútil que no intente aportar, contribuir con lo suyo a los demás. El mundo necesita nuestro talento. ¿Qué seríamos hoy sin electricidad, sin filosofía, sin antibióticos, sin vichyssoise, sin barcos, sin poesía…?

Quizá se trate de nuestro destino. Aunque uno de nuestros mayores miedos sea precisamente dejarnos ser, hacer brillar nuestra propia luz, es a ello a lo que tendríamos que dedicarnos en exclusiva. Todo talento, por pequeño que parezca, es significativo y necesario. Poner en marcha nuestros talentos es un gran acto de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Comentarios

Comentario

2 comments

  1. Talento era en origen una unidad de peso y una moneda. Parece que su uso como sinónimo de relevante capacidad o inteligencia humana es posterior. De donde resultaría que el significado más espiritual se desarrolló a partir del significado más material. Decía la canción: “Sin dinero, ya no hay rock and roll”.

  2. Laura Segovia

    Bueno, tampoco desdice que por aquello que se es útil se tenga una representación simbólica en el social mercado de la vida. Sin dinero también hay rock and roll. Lo puedes llevar dentro. Ahora, si quieres vivir del rock and roll… Mis creencias sobre el dinero no son malas. El dinero simboliza riqueza, abundancia y ¿quién no quisiera tener y merecer esas cosas en su vida? El uso que hacemos de las cosas es lo que puede tener resultados positivos o negativos.

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