Mis peores errores

Los más graves errores, mis peores decisiones, mis más fatales acciones, mis historias más cómicas, mis patentes y públicos defectos y mis peores pesadillas hechos realidad han sido y son mis mayores tesoros. Será que cumplí hace poco una primavera más sin yo pedirlo y me pone melancólica, pero todos esos malditos, vergonzosos, burdos, patéticos y tristes momentos también son los que conforman mi ser.

No puedo renegar de lo que soy, primero porque me gusto, segundo porque si mi vida fuera toda dulce y almibarada sería terrible para mi salud y tercero, porque ¿qué narices te contaría yo? Ya sabemos que cada uno nacemos con unas misiones en esta vida, yo cumplí varias, no sé si todas para mí, así que por ahora me quedo con ésta: hablarte para que te escuches.

Cada día me admira más que saber del mal ajeno nos ayude a salir del nuestro. Pero no en plan “mal de muchos consuelo de tontos”, no, no, más bien en plan, “si ésta ha conseguido salir, es que hay puertas muuuy grandes”. Te lo aseguro, yo me pierdo cada vez que aparco el coche en un parking público, así que no soy sospechosa de saberme de antemano las salidas. Pese a ello confío y me meto sin dudarlo.

El tiempo me dice que sales, unas veces más airosa que otras, pero sales. Ya llevo unas pocas denuncias hechas por pensar que me habían robado el coche porque yo juraba y perjuraba que lo había dejado en… bueno, un poco más adelante. Mis tacones me han llevado a recorrer las plantas de varios parkings como la más eficiente inspectora de instalaciones. La última fue que el tipish pedigüeño de restos de monedas de la máquina expendedora me tuvo que decir hacia dónde tenía que ir cansado de apartarse para dejarme subir y bajar las escaleras de las plantas de acceso después de haberle reiterado en cada encontronazo que no le daba nada.

Me lo puedo tomar como pérdidas de tiempo o como vivencias que luego puedo contar para amenizar la tarde. Pero son vivencias que no dejan de ser fracasos, errores, malos hábitos no resueltos, aunque esté de moda ponerles nombres más livianos. Cuando te caes, te caes y tampoco me parece que sea sano no querer reconocerlo, obviar el golpe o la patosería.

—Nooo, no has fallado, es que no diste la instrucción oportuna a tu pie…

Te has caído, déjate de mandangas. Lo que cuenta es que pese a ello te levantas y ya puedes descartar, aunque sea por estadística, una nueva caída en el mismo sitio, a la misma hora y de la misma manera.

Pero aceptar esto me ha costado, sí ya lo creo, me ha costado mucho digerir que por cada acierto tengo que estar dispuesta a perder antes muchas veces. Incluso lo que me gusta ahora de mí encierra todo lo que no quise admitir antes. Creo que jamás estaría con una persona como yo, capaz de ir a traerte la mismísima luna sin que se la pidas. Eso sí, dile que vaya a buscarla… ¿la qué has dicho? ¿por qué quieres que te la traiga? ¿para qué la quieres? ¿de verdad, lo has pensado bien? Tú en realidad no quieres que te la traiga, no la necesitas, en el fondo cuando dices que quieres la luna… Y todo para no hacer lo que me indican.

En fin, sí, humor negro de vez en cuando, pero no dejo de seguir siendo la misma aunque me ría de mí. Eso es porque todos encontramos algún tipo de beneficio siendo como somos y eso es lo que nos hace cometer y repetir errores y también que podamos levantarnos tras cada fracaso. Hay personas que huyen de esta palabra, yo no la encuentro muy mal, incluso fonéticamente hablando, no la encuentro inoportuna. Fracasar es ir a por algo y no conseguirlo, volver en peores condiciones de la partida o llevarte todas las espinas del pescado después de pescarlo, limpiarlo y cocinarlo.

Mas aún así persistimos, y a mí me ayuda mucho ridiculizarme con humor, desdramatizar las situaciones y rescatar algo de esos estrepitosos fracasos, errores, meteduras de pata, experiencias o como quieran llamarlo, que para el caso es lo mismo: no llegar, pero encontrarte algo por el camino.

Claro que tenemos aciertos, días fantásticos, apuestas ganadoras y orgullos varios, pero no saben a nada sin sal… y la sal escuece. Con tan sólo un beneficio, un microscópico granito de arena que sume a nuestro castillo, nos merece la pena levantarnos para volver a correr el riesgo de fallar.

A veces, despistados, nos damos la instrucción incorrecta de no persistir y otras, tozudos, nos machacamos el mismo dedo con el martillo hasta que más que sangrar, lo sacamos de sitio. Pero lo que cuenta es cómo nos lo tomamos.

Quizá sea que para no hundirme ante un reciente “yo de ti me sentiría fatal por no haberlo conseguido todavía”, me impuse pensar que tenía que seguir intentándolo… porque soy así, errada.

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