Mi querido amuleto

En la palma de la mano guardaba y cuidaba de mi preciado hallazgo. Maravilloso contemplar aquello que a su contacto aplaca tempestades. Aquello que besa las púas, que lima las garras, que mesa el cabello, que destapa al alma.

Como brisa que alivia escozores y sol que blanquea rincones, como agua indispensable. ¡Qué grato encuentro! Me invade una paz, una tranquilidad de que nada me faltará… ¿Nada?

Valiente, me atrevo a desafiar dragones que al mantenerme en mi sitio y no retroceder, se hacen chiquitos, chiquitos… Al cerrar los ojos, se vuelven otra vez monstruos. Mas todavía los sonrío, pues al sentir en mi mano su contacto, se convierte en la espada que abate, en el arma que sin matar, fuerza a retroceder.

Dudo de si el poder está en la mano o en lo que aprieto con ella.

Me susurra que soy yo, me recuerda que entre mis dedos el aire rodea. Y salto montañas y nado entre mares. Y aprendo a escalar con cuerdas para no estrellarme. Y fabrico flotadores. Pero viene la lección de volar y se me olvida todo… Y no sirve de nada lo de antes. Tocará acudir a la hacedora de planos. Y no sé y no puedo, y me atenaza la angustia, me da vértigo y me agito.

Tomar aire en pleno vuelo ayuda, pues al tiempo que te ahogas, te salvas.

Y aprieto la mano y estoy sola, me hago daño a mí misma buscando su contacto. Era yo y siempre yo. Ahora ya no sonrío tanto. Estas salidas y entradas al escenario han conseguido confundirme del todo. Aplaudir, llorar, reír… ¿qué es lo que toca ahora? Si encendieran todas las luces, diría que el espectáculo estaba en el público.

No es que me hubiera confiado, es que había depositado en. No es que fuera liviano, es que era hueco. Y trago aire, no llena los pulmones ni se puede llamar respiración; no alienta, pero es lo único que sé hacer en este momento. Y por inútil que parezca, aquí sigo y eso hago.

Ahora sí, acorralada en mí, aprieto, suelto para parecer no aterrada, acaricio, le imploro sin gestos ni palabras… Y aprieto, aprieto fuerte con rabia de impotencia y luego con triste aceptación. Y por arte de magia ahora se aprecia su estertor. Cuando abro la mano, ahí en mi palma ensangrentada, resbala sus restos.

Era totalmente cierto que nada me faltaría. Ya estaba todo en mí.

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