Emoción compartida en la despedida a Don Manuel Peláez

Mucho se habló y se hablará de una gran figura del mundo empresarial, Don Manuel Peláez, y ello será por su legado. No lo he tratado personalmente, tan sólo hemos sido en una ocasión presentados, pero sí conozco algo de su buen quehacer, como la mayoría de las personas con las que he conversado hoy de él.

Creo que es un hombre del que se puede decir que ejemplifica lo que se denomina haber tenido una vida significativa, o dicho de otra manera, una vida con significado. Era un hombre bueno, se decía como comentario mayoritario; no obstante pienso que eso sólo de por sí no le hace merecedor de lo que he dicho antes. Cuántos buenos conocemos, y oye, yo misma en mi casa soy calificada de eso. Ser una buena persona y a través de todo lo que haces, ejercerlo traspasando tu esfera privada, es lo que marca la diferencia.

Claro, él que podía, a través de su emporio, con ese dinero, teniendo las necesidades cubiertas… Me he codeado profesionalmente con personas que tenían más y pertenecían al mismo sector y no se acercaban a lo que Don Manuel hacía. No es una excusa para “hacer el bien” pues precisamente del mundo empresarial de donde provenía, ni era necesario, ni nadie se lo pedía, ni siquiera entraba en expectativa: él ayudaba, guiaba y daba, conforme a su conciencia.

A través de su trabajo, de su empresa o familia se equivocaría o acertaría, no pienso juzgarle, tan sólo porque he visto cómo cambió la vida a un amigo mío y sin pedir nada a cambio, su quehacer ya me merece respeto. Y esto es lo que se ha vivido en su despedida pública.

Bajo el intenso sol que a la hora convocada hemos sido testigos en la plaza de la Iglesia de la Santa Faz (Alicante), nos concentrábamos una multitud esperando su partida. Los allí presentes nos saludábamos unos a otros, hablábamos sobre el suceso o intercambiábamos opiniones varias, cual acontecimiento social más de la vida: nacer, unirse, despedirse, celebrar éxitos, etc. Y lo cierto es que el tono iba aumentando conforme se olvidaba a momentos la razón de tal reunión por estar centrados en las conversaciones.

De pronto sale la curia acompañando el féretro y el silencio se va extendiendo en un vertiginoso instante hasta quedar todos enmudecidos. Una emoción imperaba: el respeto. En pocas ocasiones podemos, como colectivo heterogéneo, vivir una conexión tan grande como ésta. No hará falta decir que cada uno a su vez experimentaba sentimientos diversos: desde el dolor explícito de su familia, a la gratitud y tristeza de muchos.

Este hecho compartido con mis desconocidos congéneres me ha sobrecogido y puedo decir que ahora comprendo a la gente que acude a un funeral de estado o de una persona influyente en algún ámbito cultural, social o político. Ahora sé por qué he ido a despedir a Don Manuel Peláez.

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