El descargo

Aviso a navegantes: Para nada queda uno libre de todo pecado con decirlo.

“Ya te avisé que yo… (tenía pareja, no quería una relación, me emborrachaba a menudo, cuando pierdo los nervios me pongo agresivo, me cuesta ser fiel, no hablo de mis sentimientos, no correspondo favores, etc y etc)”

¿Y? Perdona… ¿eso descarga? ¿Desde cuándo? O mejor dicho ¿hasta cuándo?

Y si eso que confiesas ya sabes cómo termina, porque así lo decides en este presente para que se cumpla en tu futuro ¿para qué te metes? ¿para qué finges por un tiempo a los demás? ¡Ah, yaaa..! para que se acostumbren y cuando llegas con tu debilidad o incumplimiento de compromiso a cuestas ¡chasca! sacas tu lista de descargo.

Qué auténtico se siente uno ¿verdad? “Mi debilidad es…” y oye, maravillosamente ya queda uno imbuido de una venia eterna.

Yo, como soy así“… Casi lloro de emoción ante semejante candidez.

¿Acaso anticipar nuestra futura voluntad de no enmendarnos exime de las consecuencias de dicha conducta? Será mi deformación jurídica, pero si alguien relata sus inevitables tentaciones de asesinato y lo lleva cabo, no ponen medallas por ello ¿eh?

Señoría, avisé a mi víctima de antemano que si se negaba a seguirme, me sale así una venaca loca que la agarraría retorciéndole el brazo para que lo hiciera. Y la muy idiota, como no se lo retorcí nada más conocerla… Póngale a ella la pena por débil y no haberse cuidado de mí, que yo ya se lo avisé.

Hay quien lee eso de “el primer paso para superarte es reconocer la situación” y lo de “primer paso” lo omiten. Reconocer qué nos hace tropezar no es para llevar la mochila llena e ir sacando los pedrolos  delante cada dos por tres y así caer sin mala conciencia. Sirve para detectarlo a tiempo.

Reconocer nuestras debilidades no significa ir a mudarnos a vivir a ellas. Sirve para no engañarnos ni engañar a los demás. Sirve para adquirir consciencia. Sirve para comprendernos y modificar lo que no deseamos. Sirve para ser libre y actuar en coherencia.

Aceptar nuestras debilidades no significa justificar nuestra acción. No descarga. Todo lo contrario, una vez que la detectamos podemos trabajarla, elevarnos, y contribuir a forjar un mundo de amor.

Y cuando implicamos a los demás, cuando esa debilidad afecta a los que nos rodean, hemos de ser todavía más exquisitos. No, no descarga “advertir” que vamos a caer en el foso de las carencias, tendencias, malos hábitos, deslealtades o intransigencias.

Saberse de antemano las cosas no solo no descarga, sino que te pone el listón más alto. Se puede pasar por alto al inconsciente, al ignorante, al torpe, al ciego y al suicida, pero no al que se vale de su autococimiento para preparar a los demás en favor de su perdón cual burda bula para continuar voluntariamente cometiendo todos los pecadillos que no tenemos la más real gana de enmendarnos. O bien para simular durante un tiempo que sí intentamos algo que nos interesará no cumplir más adelante y como ya la tenía por escrito, enmarcada y anunciada… ¡ah, se siente!

El descargo se presenta entonces como la más perfecta herramienta emocional para decepcionarnos a nosotros mismos y por ende, causar daño a los demás, entrando en una espiral de culpas y falsos perdones muy peligrosa y adictiva.

Madurar no es volverse más verborreico respecto a nuestro “diagnóstico”, manipular con más sutilidad o saberse de arriba abajo los fondos oscuros de los cajones. Madurar es comprometerse de palabra y obra con la aspiración de lo mejor de uno mismo y cuidar y procurar que así sea también para con los demás.

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