Después de un gran esfuerzo ¿una pequeña recompensa?

Desde pequeños en el colegio se nos enseñaba a esforzarnos mucho para conseguir algo que a veces parecía insignificante. Me acuerdo, por ejemplo, cuando aprendí latín, con sus declinaciones, su vocabulario y su estructura gramatical tan peculiar. En dos años teníamos que aprender una lengua que se calificaba de “lengua muerta” y que tan sólo conocíamos alguna palabra suelta.

Era una lengua compleja, imprescindible para muchas utilidades que descubríamos conforme avanzaban nuestros estudios, pero como somos así de humanos, tan perdidamente cortoplacistas, y más a esas edades, si no veíamos la aplicación inmediata, resultaba un hueso duro de roer. Tanto aprendizaje, tanta memoria, tanta traducción… ¿para? ¿Dónde estaba la recompensa?

Llegó la respuesta para mí: Entraríamos en ese pequeño porcentaje de personas que han leído todo un libro (como un Capítulo eterno) de la Eneida. ¡Hombre, eso sí es un gran motivo! Cada uno sacaría su propia recompensa, o bien en el premio de sus padres, o bien en aprender algo nuevo, o tener un buen expediente académico, o superar a su hermano mayor, o traducir las máximas que venían en los periódicos (estábamos en la era pre Google y no era meter la primera parte de un texto, como hacemos ahora). Yo había encontrado mi recompensa a ese esfuerzo: ser de los pocos…

Ha sido una constante en mi vida: ser de los pocos… Pero ¿por sobresalir? No ¿Por ser reconocida? No. Tan sólo para poder demostrarme que si otros pueden, yo también. Pero más allá de emular a los que pueden como reto personal, me motiva desafiar a los que dicen que no se puede, que es difícil, que es para otros, que tú, ese o aquél no llegarás nunca. Me encanta, nada me motiva más que me digan que no puedo o no es para mí. Eso es lo que me pasa con mis libros. ¿Que es difícil estar ahí? Tan fácil o difícil como cualquier otra cosa. Dime por favor qué profesión, trabajo, ocupación o hobbie es fácil en el sentido de que no conlleve un esfuerzo. A mí no se me ocurre nada.

Decía mi abuelo Lorenzo, que hasta para divertirse hay que esforzarse. ¡Qué razón tenía! hablaba de actitud, concepto muy manoseado hoy día, aunque presente a lo largo de la historia. Y es cierto, para salir a hacer deporte, por citar una actividad lúdica, tenemos que hacer un hueco en la agenda, vencer sueño, cansancio o dolores. Puede que lo hagamos sin ser conscientes, claro está, que hacemos un esfuerzo, pero no por ello deja de estar ahí, y seguramente no lo apreciamos porque la recompensa durante y después de ello sea tan grande que minimizamos el afán, la laboriosidad, el desempeño, el sacrificio y los obstáculos superados.

Cuando el día 23 entré en la FNAC para hacer un regalo y me dirigí al carro donde están las Novedades y los libros conocidos, me quedé… Ahí estaba mi segundo volumen, al lado de otros conocidos, vendidos y con una editorial por detrás; ahí estaba mirando desafiante al público: Lo he conseguido, estoy aquí porque otros han podido y estoy aquí porque me dijeron que era difícil.

la foto

Todo esfuerzo se desvaneció ante mí y la recompensa en ese momento y en todas las veces que lo recreo, es tan grande que los términos se invierten. ¿Cuál es tu gran premio que hace que el trabajo sea pequeño?

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